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A principios de 2008, la Fundación Joan Maragall organizó un ciclo bajo el título "Repensar 8 conceptos clave de la moral", que, un par de años más tarde, se publicó en forma de libro (Ed. SM / FJM, Barcelona, ​​2012) y que yo leí hace poco. El volumen, coordinado por Pere Lluís Font, incluye aportaciones de Josep M. Esquirol (sobre la naturaleza), Antoni Gomis (sobre el pecado), Gaspar Mora (sobre la moral misma y otra sobre el placer), Antoni Nello (sobre la conciencia), Begoña Román (sobre la idea de persona) y Francesc Torralba (con dos aportaciones, una sobre el concepto de vida y la otra sobre el sentido).

En mi opinión este libro es recomendable, al menos, por dos razones. La primera, por la gran categoría intelectual de las personas a las que se les pidió que presentaran una ponencia, con capacidad crítica, abierta, amplios conocimientos y viviendo en la frontera entre el mundo laico y el mundo religioso (de hecho, en la frontera es donde deberíamos estar todos). La segunda, porque la moral es, sin duda, el centro de toda propuesta religiosa (o similar), la clave de todo proyecto, la "prueba del algodón", la capacidad de vivir en la propia carne la gozo que decimos que hay detrás de lo que creemos.

Como dice Gaspar Mora en su capítulo, podríamos caer en el error, por ejemplo "de promover el diálogo interreligioso pero ignorar su dimensión ética, quedarnos sólo en encuentros religiosos de oración y de intercambios místicos y prescindir de temas como la justicia en el mundo, la paz, la sexualidad, los derechos humanos o la vida humana "(p. 15). No es gratuito este comentario. Resumiendo y caricaturizando, digamos que vivimos (o quizás hemos vivido) los dos excesos posibles en el Iglesia de hoy, al menos en Cataluña. Uno, el que señala Mora, es decir, el tratamiento del hecho religioso como un compendio de particularidades y rituales más bien poco comprensibles (entre los que están los preceptos morales), alentado desde dentro de las religiones por aquellos que se sienten muy cómodos, muy protegidos, en los muros de los templos y de los dogmas. El otro, quizás a veces poco señalado, el que cae en el hiperactivismo, lo que da sin saber demasiado qué da, o que se desahoga hablando de todo menos del sentido más profundo. 

Conociendo esto, sin embargo, la principal aportación de las religiones en el mundo es su dimensión moral. También en esto hay reticencias. Los que piensan, por ejemplo, que la moral es cosa de cada uno y "nadie la puede imponer a los demás", y mucho menos las religiones, criticando a continuación las conductas morales de una serie de obispos que, todo sea dicho, se ponen a tiro. Y, en el otro lado, los que ignoran que la ley y la moral, aunque traten los mismos temas, son dos cosas muy diferentes. El papa Francisco señaló muy bien, hace poco, la diferencia cuando, hablando de los casos de corrupción que afectan ala Iglesia, afirmó que "Hay que perdonar los pecados, pero no los delitos".

El libro, así, reflexiona sobre los valores del tiempo que vivimos y de su relación crítica con los que propone el Evangelio, a tenor, también, de las teorías modernas sobre moral y de los avances logrados hasta el día de hoy en todos los ámbitos. No se trata de sermones, sino aproximaciones a los temas de debate que deberían presidir nuestra vida pública y que, o bien no se habla demasiado, o bien se habla con excesivo dogmatismo. Sí, debate público y no sólo entre cristianos. Una cosa es no imponer nada y la otra no puder ni hablar de ello. "La preocupación de ​​la moral cristiana en el reconocimiento del pecado", dice por ejemplo Antoni Gomis, "tiende a no hablar nunca del rechazo de Dios sin buscar en qué aspectos esto es simultáneamente un atentado contra el hombre "(p. 55).

Por último, destacaría el hecho de que, precisamente porque la moral no es ley, los autores tienen muy claro que el destino final de toda propuesta es la felicidad humana y no su sometimiento a unas normas incomprensibles o la competencia con los valores laicos, o de cualquier otra religión. "El mensaje de Jesús ", dice Pere Lluís Font," no se presenta ninguna como promoción de una doctrina más perfecta o de un plus por encima del sentido común humano, sino que las palabras de Jesús tienen siempre el tono del anuncio de lo que es la vida auténtica para todos ".