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Es significativa la presión que se está ejerciendo sobre los obispos catalanes para que se declaren independentistas. Significativa, digo, porque muestra cómo una determinada opción, en lugar de encontrar cómo hacerse lugar en medio de la política (sí, esa cosa asquerosa que consiste en 'desencantarnos' a cambio de hacer posible lo que imaginamos mejor) va convirtiéndose (y que nadie se me enfade) en un movimiento nacional que no admite cuestión ni matiz. Si estás por la consulta pero por el no, eres tan traidor como si estás contra la consulta. Si cuando haces un foc de camp montas un círculo previo para conjurarte contra la estrella (en fin, cada tribu tiene sus rituales), eres otro traidor. Tendremos una Cataluña independiente llena de traidores, al parecer. Así, si los obispos no se doblan al dictado de hacer sonar las campanas de las iglesias el próximo Once de septiembre a las 17:14 como apoyo a la Vía Catalana (nombre con que se conoce una cadena humana que se ha de celebrar ese día en todo el país), es que son dignos de 13TV.

Los que, aunque no vayamos, por la razón que sea, encontramos simpática la cadena humana, este exceso no hace más que hacer crecer nuestro escepticismo. "¿Cómo puede ser positivo un objetivo que se defiende tan mal?", Pienso.

¿Por qué, los obispos?

Pero también es significativa porque muestra algunos rasgos de nuestra sociedad en la que los obispos, quieran o no, son protagonistas. Destaco dos. En primer lugar, que todo el mundo deba posicionarse en todo, le guste o no, pueda o no, o tenga opinión formada o no. Yo, por ejemplo, y lo siento, no tengo una opinión tan clara en la crisis en Siria, ni mucho menos en Egipto, y ya me envían demandas de posicionamiento. Eso, sí, desde el ordenador de casa y sin ninguna consecuencia. Alucino que tantos compatriotas míos tengan esa destreza posicionadora.

En segundo lugar, otro de los rasgos que pone de manifiesto es la visión de la Iglesia que hay detrás de tales demandas. Como si la Iglesia fueran los obispos, y como si su opinión "fuera a misa", nunca mejor dicho. Y como si el papel de los obispos, en realidad, fuera tener una opinión sobre todo, tenerla que decir y, además, ser del gusto de la mayoría. De hecho, recuerdo que los obispos fueron los primeros en posicionarse, hace un año, después de la manifestación famosa, en clara respuesta a la Conferencia Episcopal Española. Todo ello, está tan pasado de moda como los pantalones acampanados.

Algunos prelados han dado su opinión, a pesar de todo. Y eso no les ha privado, todo lo contrario, de entrar en la lista de buenos y malos en este particular juicio final en el que se encuentra Cataluña.

¿Deben tocar las campanas el día 11?

No sé a qué mente aburrida se le ocurrió lo de las campanas y sospecho que cada campanario hará lo que le plazca, que para eso se le llama "política de campanario" lo que estamos haciendo. Lo que le plazca al rector o lo que pueda soportar, claro. Si yo fuera obispo, o rector, por ejemplo, tampoco sabría muy bien qué decir (quizás por eso no soy obispo ni rector, ahora que lo pienso), de modo que recorrería a lo esencial, el Evangelio. Decepcionado, quizás, vería que de eso no habla. Entonces me imaginaría que diría Jesús ante unos sacerdotes de la ANC o unos escribas del Òmnium o unos centuriones de la AMI que le preguntaran: "¿Tú qué crees que debemos hacer, el Once de septiembre, ¿repicar las campanas como pide "el pueblo" o no como pide el obispo Novell?"

Jesús podría responder varias cosas, imagino. Podría sentenciar que él puede destruir los campanarios y volverlos a construir en tres días y que, precisamente el once, aún no estarían repuestos. Y quedarse tan pancho. O podría quitarse el cinturón y lanzar latigazos a los que usan el templo para sus intereses y no por los de Dios, como hizo con los mercaderes. O podría pedir que haga del 1714 lo que es de 1714 y dejar a Dios en paz. En lo que no me lo imagino es diciendo que sí o que no, sino ir siempre más allá, salir de la banalidad y de la respuesta fácil e intentar abrir, aunque sea a golpe de pequeñas hendiduras, el corazón de los hombres.

Hace unos años, oí a un ingeniero chileno que ponía de ejemplo de la invención del reloj individual en la Europa protestante contra el imperio de las campanas de las iglesias católicas para hablar sobre el control del tiempo (y de más cosas, supongo ). En el primer caso, eres tú, y en el segundo, un intermediario. Yo, en esto, soy muy protestante. De modo que para mí ya pueden tocar las campanas que quieran que yo les haré caso de que me de la santa gana.