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El Espíritu irrumpe en el primer Pentecostés mediante lenguas de fuego, que se colocan encima de cada uno de los presentes. Al recibir el fuego del Espíritu, todas las personas creyentes en Jesús, que se encuentran reunidas en comunidad, sienten cómo se llenan de fuerza y se expresan mediante diversidad de lenguajes. Esta plenitud espiritual aglutina todas las dimensiones humanas y nos abre horizontes de novedad.
 
El Espíritu, como el fuego, ilumina. La lámpara no se esconde sino que se enciende para dar luz a todos los que la necesitan. La luz combate la oscuridad y arruina las tinieblas. El Espíritu ilumina a los cristianos para que vivan su fe en la lucidez y el discernimiento. Proporciona amor a la verdad. Evita el engaño. Promueve la transparencia. La luz crea sombras, pero es más fuerte que ellas. La Palabra de Dios se convierte en luz para el camino. Seguir a Jesús no es tarea fácil, pero la luz del Espíritu ilumina la mente para que tome las decisiones oportunas. Discernimiento, humildad apertura. Plegaria, silencio, disponibilidad. Verdad, aceptación, seguimiento. La meditación de la Palabra, la lectio divina, la teología, la catequesis, las lecturas espirituales… son vías para aumentar el conocimiento de Dios e iluminar la vida. Ver el mundo con los ojos de Dios.
 
El Espíritu, como el fuego, da calor. El fuego aglutina a su alrededor, porque calienta. Crea comunidad, favorece las relaciones afables, impulsa el amor y la fraternidad, estrecha los vínculos con las demás personas. La comunidad cristiana, sensible a la presencia del Espíritu, potencia el grupo. Las celebraciones litúrgicas pierden calor cuando los presentes se desperdigan. El fuego se muestra en las parroquias y en las comunidades cristianas que colaboran, que trabajan en equipo, que participan en las actividades conjuntas, que aprenden a llamarse por su nombre. Cuando los pastores huelen a rebaño, el Espíritu está presente. La comunidad se abre al mundo creando lazos de solidaridad, paz, amistad y empatía. Amar el mundo con el corazón de Dios.
 
El Espíritu, como el fuego, quema y transforma. Destruye lo negativo, pero sobre todo purifica y transmuta las sustancias. Los manjares, mediante la cocción del fuego, se convierten en más apetitosos y saludables. El crisol refina el oro. El Espíritu transforma el egoísmo en amor, el pecado en gracia, la vida encerrada sobre sí en un don para los demás. Da impulso para la misión. Jesús así lo proclama: «He venido a encender fuego en el mundo, ¡y cómo querría que ya estuviera ardiendo!» (Lc 12,49). Ser testigos del amor de Dios, que contagian: «¿No es verdad que nuestro corazón ardía mientras nos hablaba por el camino y nos abría el sentido de las Escrituras?» (Lc 24,32). Vidas ardientes más que planes estratégicos. Vivir la santidad de Dios.