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La semana pasada me pareció una señal de la Providencia el hecho de que, como periodista acreditada ante la Oficina de Prensa de la Santa Sede, se me ofreciera la oportunidad de saludar al papa Francisco en la Biblioteca Apostólica precisamente cuando comenzaba el mes dedicado al Sagrado Corazón de Jesús. Desde que llegué a Roma hace siete años, la pequeña capilla del Sagrado Corazón en la Iglesia del Jesús, el templo donde descansan los restos de San Ignacio, es mi refugio de oración preferido.

No era una audiencia privada con el Papa, y el tiempo a disposición que tenía con él dependía sobre todo de quién estuviera al lado de Francisco en aquel momento, de quién se ocupara del protocolo: ¿el secretario, un alto funcionario, un eclesiástico? El papa escucha y dialoga con quien tiene delante, sobre todo si habla castellano o italiano, pero el responsable de protocolo del momento hace su trabajo... Los hay más flexibles y menos. Y el papa tiene una agenda apretada. Es comprensible.
 
 
En cualquier caso, para mí, poder estrechar la mano de Francisco, mirarle a los ojos y decirle unas pocas palabras era un don inmenso. Cuando  llegó  el momento, me presenté y le dije lo que me salió del corazón: "Gracias ... Gracias ... Gracias por ser otro Jesús en la tierra ". De pronto se puso colorado. Sólo unos instantes. Después, inmediatamente, le cambió la expresión, y se echó a reír, franco, divertido, con una carcajada como si acabara de escuchar el chiste más gracioso del mundo. "¡Pero si soy un diablo ...!" me contestó mientras aún reía. Y era evidente que aquella respuesta él la sentía. Estaba claro que no lo decía por quedar bien o para salir del paso. Entonces, el encargado de protocolo, me dijo en italiano ni corto ni perezoso: "Solo un saluto!". Pero Francisco me retuvo. Dejó de reír, me miró fijamente, y me dijo con dulzura: "Rece por mí".