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"En el Principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios" (Jn 1, 1). ¿Por qué tenemos que ir al Principio? Para encontrar el Verbo eterno que se hará hombre en la plenitud del tiempo. Así pasará la eternidad en el tiempo. El Hijo de Dios eterno se hará hombre para convivir con nosotros.

Hará este proceso de pasar de la eternidad al tiempo, sin dejar de ser el Verbo eterno del Padre, entrando en las entrañas de María. Y, dice el "Credo", tomará la carne de María "por obra del Espíritu Santo".

El Espíritu de Dios es el que puede llenar del todo el Verbo del Padre para que el Verbo se convierta en hijo de María. Ninguna otra acción -de una criatura- puede hacer este paso de la eternidad del Verbo a la Encarnación del Verbo eterno en el tiempo y en la carne de una mujer.

Si por ser hijos de Dios, dice el Prólogo de san Juan no se nace "por descendencia de sangre, ni de un deseo carnal, ni de un amor humano, sino de Dios mismo" (Juan 1, 13), cuando más para que el Hijo de Dios se mantenga como tal en el mundo, hace falta la acción de Dios, Espíritu Santo.

Resumen de este elevado "al Principio":

1. Dios es el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, en la eternidad y en el tiempo.

2. María Virgen es, en la plenitud del tiempo, la madre de nuestro Señor Jesucristo: madre del Verbo hecho hombre.

3. Este proceso sólo puede ser realizado por la iniciativa divina: "por obra del Espíritu Santo ".

4. Hay una ausencia de padre terrenal -en el tiempo y en el espacio-porque San José no es un padre biológico sino "representativo".

5. El engendrado de María no es sólo hombre: es "Dios de Dios, Luz de Luz". En definitiva el que nace es Dios. Por eso es necesaria la intervenciión de Dios.

Pero también otras religiones contemplan el hecho de una virgen dando a luz un ser divino.

Es que tal vez Dios quiere llevar al pensamiento de la humanidad esta clave universal, preparando así las mentes de todos los hombres: un Dios sólo puede "nacer" y convivir con nosotros por la iniciativa del mismo Dios: por obra del Espíritu Santo.

El "Credo", tras la concepción virginal, contiene una segunda parte: "Nació de María Virgen".

Aquí entramos en el misterio luminoso de la noche santa. Cuando la Buena Noticia, que Dios está en nosotros, tendrá una "señal" de humildad y de ternura: la Madre ha fajado su Hijo en pañales; le puesto en un pesebre, en un lugar de pobreza, fuera del mundo convencional. Un lugar abierto a los cielos que se abren y se quiebran como luz divina sobre el pesebre, sobre Jesús, María y José: la familia que está en el mundo pero que no es del mundo sino de Dios.

Según Lucas, este sitio no es un rincón del mundo, sino el centro del universo en el que la misma Luz de Dios -el Amor que se convierte en paz para todos los hombres- nos lleva a vivir la comunión universal: con Dios y con todos los hombres que ama el Señor. Realmente, esto es vivir el sentido pleno de la vida: "Tu amor- gracia vale más que la vida" (Salmo 62, 4). Ven, Señor Jesús. Ven "Emmanuel" que eres Dios con nosotros.