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La corrupción ha pasado al primer plano de la actualidad, con más fuerza que nunca. Mientras los ciudadanos estamos preocupados por el trabajo, por no perder la vivienda, por llegar a fin de mes, hay una dimensión paralela a la nuestra, donde las preocupaciones son otras: enriquecerse impunemente y fuera de la legalidad y mantenerse en el poder político, para, cerrando el círculo, asegurarse más impunidad y más enriquecimiento, a costa de la pobreza cada vez más severa de los que no estamos en esta dimensión. Es la fórmula del capitalismo: el enriquecimiento desmedido de unos, que se creen por encima del bien y el mal, y el empobrecimiento progresivo de los demás. Además, todo esto se hace normalmente disfrazado de legalidad (que no moralidad), pero cuando se traspasa la frontera de la ilegalidad, obviamente, la situación se agrava. Por ejemplo, el caso Bárcenas: tener millones y millones en Suiza es ilegal si se evaden así impuestos, pero tener tantos millones, aunque los tenga en Caja Madrid, también nos debe escandalizar. Que un individuo se apropie de tanto dinero ya es, de hecho, un escándalo.

También nos podemos preguntar quién o qué hay detrás del hecho de que se destape un caso como este o que ahora se le de tanto relieve en los grandes medios. ¿Quien sale ganando? ¿Por qué ahora, y no hace unos meses? ¿Quien lo ha provocado? Coincide con el caso Urdangarín, otro escándalo mayúsculo que hace tambalear una institución que no es democrática, pero que tenemos que mantener porque nos vino impuesta en la transición. ¿Y los casos en Cataluña? ¿Cuántas cosas se mezclan y cuántas no? Los hilos perversos del poder tienen más conexiones de las que nos podemos imaginar.

Otra cuestión a tener en cuenta es la falta de democracia económica y de justicia social como disparador de la corrupción: a más justicia social, menos corrupción. Precisamente, y según la organización Transparencia Internacional, en los países con menos corrupción (Finlandia, Dinamarca, Suecia y Nueva Zelanda) hay más igualdad social y más presencia de mujeres en los parlamentos y gobiernos que en el resto de países.

La corrupción provoca cada vez más desafección de la política, con los peligros que ello conlleva para el sistema democrático, ya que cargarse indiscriminadamente el sistema beneficia al poder económico y al fascismo. Y si una de las cuestiones de fondo es la financiación de los partidos políticos, hay que ponerlo a debate y buscar soluciones, porque los ciudadanos son poco conscientes de la gran cantidad de dinero que reciben los partidos de las arcas públicas. Si no tenemos claras las cifras (al menos, el dinero que reciben legalmente) es que falta esta transparencia de la que tanto quieren presumir. Y al mismo tiempo, es necesario rebatir que toda la política sea sinónimo de corrupción, y evitar el descrédito indiscriminado hacia los partidos y sindicatos. Hay que mantener el espíritu de salir adelante con los ojos bien abiertos, ya que el proyecto de la democracia es bueno, y hay mucha gente que trabaja por el bien común. El corrupto es la persona y no el sistema, y ​​el sistema democrático, aunque sea imperfecto, es todavía el mejor sistema posible.