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Mi felicitación de Navidad llega tarde. Si me hubiera apresurado más, quizás habría tenido listo un librito que sirviera como buena felicitación para los amigos y conocidos, para los creyentes que aman la Palabra de Dios manifestada en la alegría de un niño, y para los agnósticos que tratan de llevar una vida sobria y honrada, abierta a los demás. Pero este libro no está terminado, no ha podido ver la luz por la Luz de Navidad, aunque lo he dado por acabado este final de diciembre.

Y ¿por qué este libro perezoso hubiera podido ser una felicitación de Navidad? Porque no se le puede negar una última dimensión práctica. Fácilmente se puede desprender de su lectura esta convicción: que la persona humana pasa toda la vida haciendo el aprendizaje de llegar a "ser persona" en el grado más alto, tanto si es creyente como si es agnóstico o ateo.

Quiere decir que, excepto aquellos que en la vejez pierden la cordura, precisamente en la vejez es necesario que la persona humana alcance un alto nivel de discreción y, si puede ser, de sabiduría. Ojalá, aunque tuviéramos 90 años pudiéramos contemplar como niños al Niño envuelto en pañales y reclinado en el pesebre; ojalá entendiéramos el cristianismo como un proceso de crecimiento de la persona siempre en la novedad de una vida sobria, honrada (justa) y religiosa (Tito 2, 12).

Lo diré vulgarmente: la dimensión práctica de nuestra fe, que podría ayudar a no vivir una vejez llena de rarezas negativas sino llena de sabiduría y bondad, consiste en esto: que Cristo ha venido precisamente para estar con nosotros en la tierra para que llevamos en Él una vida plenamente humana... y divina. No tenemos prisa por morir: podemos vivir con Cristo en la tierra, diríamos con humor, pero también con la teología del Cuarto Evangelio, porque la vida eterna ya ha comenzado aquí, en nuestra vida terrena.

Vamos, por tanto, a la verdadera felicitación de Navidad que dedico especialmente a todos los que me han felicitado y a los que yo no he podido responder todavía: no encuentro deseo más bonito para la Navidad que saludaros con las palabras del anuncio hecho a María: "El Señor está contigo". ¿Os imagináis lo que significa -de plenitud, de sentido de la vida, de centrarse cara a Dios y a los demás, de alegría- que Dios haya venido al corazón de cada uno de nosotros, como la Luz ilumina todos los objetos que encuentran sus rayos? Deberíamos estar muy felices de que este saludo, por inverosímil que sea, sea no obstante bien real. Que el Señor esté contigo significa que encontrarás un camino en tu difícil vida familiar o en el dificilísimo camino de salida de la crisis.

Feliz Navidad, que viene el Señor Jesús.