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El Concilio Vaticano II, del que el próximo 11 de octubre celebraremos los cincuenta años de su inicio, lo viví en un momento de una gran esperanza, sobre todo entre los jóvenes y los no tan jóvenes (yo tenía 28 años). En Terrassa publicamos un boletín informativo del que llegamos a tener más de 100 suscriptores informándoles puntualmente de las novedades que el Concilio iba aportando. Y no sólo eso, sino que los diversos movimientos juveniles establecimos una hermandad que se manifestó en una ruta a pie a Montserrat para rezar por el Concilio o encontrarnos, semanalmente, en la misa matinal de las monjas que entonces llamábamos de "clausura", una especie de refugio espiritual, entre otras iniciativas. Era un tiempo que, al menos en Terrassa, estábamos unidos los escoltas, los de la JOC, de la JIC, en una plataforma que llamábamos Juventud Católica de Terrassa.

Así que se aprobó la Constitución sobre Liturgia en los campamentos scouts las misas, ya en catalán, se hacían de cara al pueblo, con una nueva estructura que no se parecía en nada a aquellas misas diarias de la parroquia en que la comunión se recibía a parte de la misa propiamente dicha, entre muchos otros cambios. Podríamos decir que había ganas de cambios, nos parecía que todo era nuevo, que todo era posible. El liderazgo de Juan XXIII primero y de Pablo VI después con la tarea difícil de hacer aterrizar a la realidad tantas esperanzas.

Ahora, al cabo de cincuenta años, el Concilio me ha supuesto una doble realidad; es innegable que muchas cosas han cambiado en la Iglesia y que difícilmente se podrá dar marcha atrás; el ecumenismo, por ejemplo, muchos cambios en la liturgia, pero sobre todo las nuevas visiones cristológicas y eclesiológicas, o el diálogo de la Iglesia con el mundo. A pesar del intento de retorno de algunos movimientos hacia antes del Concilio, por una parte, y de tantos desengañados porque no se han llevado a cabo muchas de las novedades de aquel hecho tan importante, la Iglesia ya no es la misma. Lo que pasa, en mi opinión, es que el Concilio se podía ver como un hecho dinámico, un punto de partida de una nueva época, o un punto de llegada, hasta ahí podíamos llegar. Algunos dicen, con bastante torpeza teológica, que el Concilio fue un error; ¿de quién?, ¿del Espíritu Santo? Ignoran aquel primer Concilio de Jerusalén en el que los apóstoles respondieron "el Espíritu Santo y nosotros hemos decidido ..." (Hechos de los Apóstoles 15,28). Poner en entredicho el Espíritu Santo es grave.

Pero han quedado muchos aspectos que, con una visión dinámica de la doctrina conciliar, había que desarrollar: la corresponsabilidad episcopal, por ejemplo. La Iglesia, sobre todo con Juan Pablo II, ha reforzado su carácter monárquico y mundial del papado. Benedicto XVI, en cambio, no ha querido aparecer tanto como la cabeza de una Iglesia global y ha continuado y favorecido un trabajo sinodal: su participación activa en el reciente Sínodo sobre la Palabra de Dios en la vida y la misión de la Iglesia es un motivo de esperanza en este sentido.

Quizás ha llegado la hora de un Vaticano III en el que se reafirmen y se desarrollen las grandes intuiciones del Vaticano II, por un lado, y por otro se de respuesta a los nuevos retos que han aparecido al cabo de cincuenta años: en el campo de la moral, por ejemplo, y, sobre todo, el papel de la mujer en la Iglesia, que es un tema que clama al cielo del siglo XXI.

Francesc Clua es coordinador del Secretariado de Formación y Estudio del Arciprestazgo de Terrassa