Voleu rebre les notícies?

Subscriviu-vos al butlletí gratuït

Ya nos hemos introducido en el nuevo año, el apocalíptico 2012, que amenazaba con el fin del mundo y que, a la postre, posiblemente no será más que otro año de crisis. Y con la crisis, con esta crisis que se dilata en el tiempo y empieza a dejar víctimas en la cuneta, una necesidad urgente: tomar conciencia de lo esencial, para priorizarlo, y de lo superfluo, para no perder tiempo en ello.

La distinción entre lo esencial y lo superfluo debe hacerse siempre. Pero los humanos somos bastante inconscientes y nos gusta entretenernos con nimiedades cuando todo va bien, y banalizar cuestiones que en cambio son substanciales. Tal vez el escenario de crisis nos ayudará a recuperar este ejercicio de discernimiento, y ojalá lo aprendamos y lo interioricemos para mantener su espíritu cuando volverán las vacas gruesas, si es que vuelven.
 
Dice Jesús que el trigo y la cizaña crecen juntos, que van dándose la mano el uno al otro, que hay trigo y hay cizaña, qué le vamos a hacer, y que es necesario tener paciencia. El evangelio debe querer decir el bien y el mal. Yo prefiero entender los aspectos positivos y los aspectos negativos de toda realidad existencial. O, más matizado todavía, los aspectos verdaderamente importantes de la vida humana y aquellos que son bastante irrelevantes y desechables.
 
Distinguir el trigo de la cizaña para saber lo que es necesario cultivar y lo que es necesario tolerar, qué debemos potenciar y qué debemos arrinconar, es un ejercicio que debe hacerse a distintos niveles. A nivel personal, para saber cuál es la propia opción identitaria, aquella que es necesario promover y no descuidar pase lo que pase, mientras que tantas otras opciones pueden ser discutibles y cambiables. Pero también en el ámbito de nuestra vida emocional y familiar, descubriendo quien nos quiere bien y a quien queremos querer de verdad, para tomar diligentemente las medidas para que así sea y así siga siendo. O a nivel social, para saber en qué convivencia creemos y apuntar hacia ella con firmeza y convicción, apoyando las iniciativas oportunas y dejando de lado cualquier otra propuesta que nos distraiga inútilmente. También a nivel político, descifrando qué es lo que ahora conviene en la gestión de la convivencia colectiva y qué, en cambio, lo que ahora nos impedirá su consecución. Y aún a nivel religioso y eclesial, formulando el núcleo duro de nuestra creencia y los trazos verdaderamente importantes de nuestra pertenencia eclesial, a fin de no perdernos por caminos secundarios o en debates tal vez muy sofisticados pero a la postre estériles.
 
Y si sabemos distinguir el trigo de la cizaña, tal vez entonces la crisis, si tenemos la suerte de poderla atravesar sin demasiadas heridas, nos será no sólo una dificultad, sino también una oportunidad. Una oportunidad impregnada de inquietudes y sufrimientos, como lo son casi todas, pero oportunidad y ocasión de madurar como personas, como ciudadanos, como creyentes.