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Me ha tocado el gordo de Navidad. No el de la lotería, claro, sino el otro, el de verdad.

Eso pensaba esta mañana, mientras me tomaba un café desvelador y oía la “música” de los niños de San Ildefonso, con su letanía de números y premios que tanto me gusta, porque me recuerda el primer día de vacaciones de Navidad cuando era niño (no sé porqué, supongo que para promover la productividad intelectual, hemos decidido comenzar las vacaciones académicas el día 23 de diciembre).
 
Y pensaba que debo sentirme satisfecho, que viene otra Navidad y que he llegado a ella. Que la Nochebuena estaré con una familia amiga a la que quiero mucho. Que celebraré litúrgicamente la Navidad en el Poble Sec. Que el día de Navidad comeré con mi cuñada y los sobrinos, y echaré en falta al núcleo duro de la familia, los padres, el hermano y la abuela, y tantas Navidades infantiles entrañables para mí. Que el día de San Esteban iré a comer a casa de otra familia amiga que me invita y a la que aprecio mucho. Que me tomaré un par de días para ir a visitar a unos queridísimos amigos que lo están pasando muy mal por motivos de salud. Que se acabará un año y, como siempre, empezará otro. Que iré a la cabalgata de los Reyes Magos con los “ahijados” y gozaré de su inocencia. Que debo dar gracias a Dios por todo eso. Y porque me siento privilegiado, porque he podido explorar y desarrollar las dos tareas que más he amado en la vida, el sacerdocio y la docencia. Y porque tengo buenos amigos que me hacen compañía y me acompañan en mi viaje, amigos que a veces me enfadan, o me molestan, o me preocupan, pero a los que quiero y quiero querer, porque el querer es también una opción, y que me quieren y me soportan, porque querer también es soportar. Y porque he tenido momentos difíciles, de vacíos y de errores, de dudas y de preocupaciones, de sustos y de desgracias, pero también he tenido momentos, tantos, muy gratificantes. Y porque no creo que exista la felicidad pero todo eso apunta hacia ella y me acerca a ella. Y porque en todo ello leo y quiero leer la presencia de Dios, la verdadera Navidad existencial, el Dios encarnado en mi vida, que me anima a vivir, me acompaña el vivir y me da fuerza para vivir.
 
Y sólo lamento que tanta gente lo pase mal. Aquí, ahora, con las secuelas de una codicia humana desenfrenada, o allá, en países lejanos, “como dejados de la mano de Dios” pero en realidad “abandonados por la mano de los hombres” a su miseria y desastre. O aquí y allá, con un sufrimiento excesivo, inocente o culpable, tanto da. Lo lamento porque el dolor, tanto dolor, puede anestesiar el oído para escuchar la voz amorosa de Dios y percibir su presencia. Y mi lamento también es Navidad, el gordo de Navidad, no poderme desentender del sufrimiento humano, ni cuando me pesa demasiado o simplemente me incomoda.
 
Deseo a todos mis lectores que les haya tocado el gordo de Navidad. Y una feliz Navidad que dure todo el año próximo, hasta la próxima Navidad.