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1. Jesús, Hijo del Hombre, vive con el corazón puesto en las cosas del Padre

Subió al cielo, es exactamente lo mismo que "subió a Dios, su Padre". Por eso Jesús vivo le puede decir a la Magdalena: "Subo a mi Padre, que es el Padre; mi Dios y vuestro Dios" (Juan 20, 17).

Cuando Jesús fue a los doce años a Jerusalén, ya dijo bien claro a José y a María que lo buscaban y lo encontraron en el Templo de Dios, que Él tenía que estar con las cosas -o en la Casa- de su Padre. Ni José, ni siquiera María, entendieron la respuesta de Jesús: "¿No sabíais que yo debía estar en Casa de mi Padre?". María, poco a poco, lo debió intuir cuando meditaba las palabras que guardaba en su corazón.

El celo por la Casa del Padre llena también el corazón de Jesús cuando purifica el Templo de la actividad comercial de los vendedores de bueyes, ovejas y palomas (ver Juan 2, 16).

Jesús vive de cara al Padre toda su vida, pero en especial en su "hora", "la hora de pasar de este mundo al Padre", "sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos, y que había venido de Dios [el Padre] y a Dios volvía " (Juan 13, 1. 3).

2. Sentado a la derecha de Dios, Padre Todopoderoso

La elevación de Jesús en la Cruz simboliza la elevación de este mundo al Padre: a su derecha, es decir en la intimidad del Padre, allí donde el Padre, lleno del Amor del Espíritu Santo, pronuncia la Palabra eterna que es su Hijo Jesucristo.

La "derecha del Padre ", la más profunda intimidad del Amor de Dios, indica -en nuestro lenguaje- las formas de decir que Jesús ha encontrado el lugar que le corresponde como Hijo y Palabra de Dios, teniendo claro que el lugar del Espíritu Santo es el de abrazar en un solo Amor al Padre y al Hijo, y el de comunicar todo este amor.

3. La "conversión" de Jesús desde el Padre a nosotros

Es cierto: Jesús está con el Padre. Durante toda su vida, Jesús ha vivido girado hacia el Padre, unido con Él en un amor único. En la Resurrección ha pasado de este mundo al Padre.

Pero, desde la "derecha del Padre", Jesús se convierte en nosotros. Y habla con sencillez de cosas de este mundo. Lo vemos muy claro en el Epílogo de San Juan, cuando se produce la aparición del Señor en el contexto de la Pesca milagrosa. Jesús habla un lenguaje llano, "de nuestro mundo", de cada día: "Chicos, ¿no tenéis nada para comer?". Y también: "Echad la red a la derecha de la barca". Y, con un tono familiar: "Venid a desayunar". Jesús quiere nuestro bien también en este mundo y con el mismo amor con que ama el Padre, nos ama a nosotros, y hace que nos dispongamos a recibir todo lo que nos va bien para crecer como personas.

El mismo Jesús que se baja hasta los más débiles de entre nosotros es el mismo al que pedimos: "eleva nuestros corazones hacia tu reino" (Vísperas del lunes de la III Semana de Pascua). Que el símbolo de nuestro despegue sea que -en silencio- rezemos el Padre Nuestro con los pies en la tierra y con el corazón en el Padre del cielo.