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Transcrivim íntegre l'editorial de La Vanguardia d'ahir pel seu interès

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A pesar de su avanzada edad, Benedicto XVI muestra no sólo una envidiable energía, sino un formidable coraje. En pleno estallido del escándalo de los abusos sexuales a menores por parte de clérigos católicos que la Comisión Adriaenssens ha desvelado en Bélgica, el Pontífice efectuará esta semana una visita al Reino Unido. No existe destino más difícil para el líder espiritual de los católicos que el Reino Unido. No ya por el histórico enfrentamiento que condujo en los lejanos tiempos de Enrique VIII a la creación de la Iglesia anglicana y a la secular marginación de los despectivamente llamados "papistas", sino porque en la cultura inglesa actual existe una poderosa corriente que abandera el renacimiento del ateísmo. Un ateísmo beligerante que centra su combate precisamente en la figura de Benedicto XVI.

La lacra de la paidofilia y los abusos sexuales a menores ha dañado extraordinariamente el magisterio moral y espiritual de la Iglesia. "Las palabras pena,caridad o perdón han sido ensuciadas", ha dicho el cardenal de Amberes, entonando, junto con el cardenal primado de Bélgica André Leonard, un sonoro mea culpa. El caso belga es, sin duda, el más lacerante para la Iglesia católica de todos los desvelados en los últimos tiempos, entre los cuales destacan asimismo los de Irlanda, que están siendo usados como material de ataque contra el Pontífice en su visita. Los abusos son, sin duda, un profundo estigma para la comunidad católica, pues no sólo han causado un indecible dolor en las personas afectadas, sino también a la inmensa mayoría de los religiosos que llevan a cabo con honestidad, discreción y ejemplaridad su compromiso con el mensaje cristiano. Un compromiso realizado no pocas veces de manera heroica junto a enfermos y desvalidos.

Sorprende que en el debate crítico que tiene lugar en todo Occidente en torno a las denuncias por abusos sexuales a menores en el seno de la Iglesia, se siga presentando al Papa como un líder timorato o, incluso, contemporizador con los agresores. El tópico ha sido repetido tantas veces que ha suplantado la verdad. Pero la verdad es que ya en sus tiempos de presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Ratzinger fue tan radical en su intento de limpiar la Iglesia de la lacra paidófila que llegó a ser acusado de negar el derecho de defensa a los clérigos acusados. El combate del Pontífice contra los abusos contrasta con la doble moral de cierto progresismo moral que ataca sin piedad a la Iglesia por los delitos desvelados, incluso dando pábulo a exageraciones y falsas denuncias, mientras ríe las gracias de Daniel Cohn-Bendit, que se ha jactado de haber intercambiado caricias con niños en su juventud (ahora sostiene que lo narró "para escandalizar a los burgueses"), encumbra relatos literarios o cinematográficos sobre el tema o pide trato de favor para un pederasta acusado (Polanski).

Esta sorprendente doble moral podría estar desviando la atención de lo que debería ser la preocupación principal: la protección de la infancia. Mientras todo el mundo se indigna contra el 0,6% de sacerdotes abusadores, hay cierta indiferencia ante el avance de la pederastia en todo tipo de instituciones (escuelas, clubs deportivos, familias). Lo que permite sospechar que el enemigo no es la pederastia, sino Benedicto XVI. Pocos papas en la historia han sido tan atacados por atreverse a defender los valores judeocristianos, que fundamentan la cultura occidental.