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El adviento ya ha comenzado, ya está aquí, y con su llegada se aviva en nosotros la esperanza cierta de que Dios camina con su Pueblo y que, a pesar de todo, quiere seguir poniendo su tienda entre nosotros: en nosotros, porque quiere darnos la vida en plenitud.

 
Esto, a fuerza de celebrarlo cada año, parece que ya no nos asombra, porque nos hemos ido acostumbrando a vivir con el Dios de la Vida entre nosotros, tanto, que a veces, ¡hasta parece que le ignoramos tomándonos la atribución de hacerle decir lo que nunca dijo, de exigir lo que no exigió, de imponer cargas pesadas y yugos de los que Él quiso liberarnos.
 
Tal vez la situación de crisis que estamos viviendo en nuestra sociedad y en la Iglesia no pocas veces satisfecha y poderosa, haga que comiencen a tocar fondo los “absolutos” que nos hemos inventado, ocupándonos de las añadiduras y no del Reino y su justicia, y esto nos obligue a abrir nuestros ojos, a purificar nuestra mirada y a disponer el corazón para descubrir, ver y acoger al Dios de la Vida que nos visita en la pobreza, que se identifica con lo vulnerable y que naciendo en la periferia, en la precariedad, nos recuerda lo único esencial: El amor a fondo perdido; un amor que no hace acepción de personas y que se ofrece generoso a todos, a los extranjeros que vienen a verle, a los pobres que han visto su estrella y le traen sus dones, a los sencillos que se atreven y dejan a Dios ser hombre, y como hombre pisar nuestra tierra y humanizar nuestra historia y nuestras relaciones.
 
Ya hemos iniciado el adviento. Un tiempo para vaciarnos de los “absolutos” que poco a poco han ido desplazando a Dios de su Iglesia y de la sociedad, porque en su sitio hemos puesto normas, parafernalia, negocios y poderes, que además de espantar al personal y no dejar que la Buena Noticia Salvadora del Evangelio se anuncie, nos hace vivir con la sensación de que algo tiene que cambiar profundamente.
 
Esta es la hora de vivir la fraternidad sin fisuras, de abrir puertas y ventanas para que el aire fresco del Espíritu y de nuestro tiempo nos renueve y purifique y de dejar que este mundo y esta Iglesia sean un espacio respirable en el que vivamos como hijos y nos amemos como hermanos; donde la relación sea fraterna, gratuita y entrañable, y sobre todo, donde nadie se sienta superior a los demás, donde nadie sea excluido de la mesa que el Padre ha preparado y que nos ofrece generoso.
 
¿No veis que viene por nuestros caminos, que la fiesta ya comienza y la sala aun está vacía? ¡Entrad!, Que entren todos, porque a todos se nos convoca y se nos acepta tal y como somos.
 
Y los que se dedican a separar el trigo de la cizaña antes de tiempo, los que limitan el número de los invitados al banquete, que se pregunten a qué dioses sirven, porque seguro que al de Jesús de Nazaret, No. Tal vez aquellos, a los que les molesta que la salvación sea para todos, el que realmente les molesta y les sobra, es precisamente Jesús.