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“Felices los que creen sin haber visto”, dice Jesús a Tomás, el incrédulo cuando les visita después de su resurrección.

Esta bienaventuranza de Jesús, es una invitación a creer, a la fe. Pero el matiz de Jesús es muy importante: La fe en Él, en el Resucitado, la fe en Dios, pasa por la fe humana, por la fe en los hermanos y en su testimonio.
 
Tomás, no podía creer en el Resucitado porque se negaba a aceptar el testimonio de los discípulos, de sus hermanos.
 
La “la fe divina” es un don que pasa sin duda por el filtro de la fe humana, por lo más cercano. Podríamos establecer un paralelismo con la caridad, con el amor del que habla Juan en su primera carta cuando  dice que “quien no ama a su hermano, al que ve, tampoco puede amar a Dios, al que no ve”.1Jn 4,20.
 
Quien no cree a su hermano, al que ve, tampoco puede creer al que no ve. La fe en la Comunidad, en el testimonio de los hermanos, es un aval para la vivencia de la fe en Dios.
 
Sin duda la Comunidad eclesial, ha de escuchar a los hermanos, ha de estar abierta al testimonio y a las mociones del Espíritu que habla en la vida de cada día. De lo contrario, nuestra fe en Jesús, será una fe abstracta, “inhumana”, alejada de la comunidad.
 
Felices los que crean sin haber visto. Felices los que escuchan el testimonio de los hermanos y saben descubrir en ellos “las noticias” o los rumores del testimonio de Dios, que no puede engañarse ni engañarnos y que nos regaló a los hermanos para juntos vivir la aventura de la Fe, del Reino, de un nuevo orden en el que todos somos iguales: Hijos invitados al banquete de la vida.
 
Felices Pascuas, y buen domingo.