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(Andrea Tornielli- CR) Este sábado, durante su viaje a Grecia, el Papa Francisco ha hablado sobre el valor de la pequeñez, haciendo referencia al rebaño católico griego, que es una minoría en este país. Como ha explicado, ser una Iglesia pequeña la convierte en un signo elocuente del Evangelio, y ha recordado que "el Dios anunciado por Jesús elige a los pequeños y a los pobres, se revela en el desierto y no en los palacios del poder". En este sentido, pidió a la Iglesia, no sólo a la griega, que se olvide del orgullo y que abandone el deseo mundano de querer ser relevante en el escenario mundial.

Para el Papa, no es lo mismo ser pequeño que ser insignificante. Ser simiente que fermenta escondida "dentro de la masa del mundo" es, de hecho, lo contrario de entregarse a una vida tranquila, a avanzar en la fuerza de la inercia. El camino indicado por el pontífice es el de la apertura a los demás, del servicio, del acompañamiento, de la escucha, del testimonio concreto de la cercanía a todos: que es lo contrario de una Iglesia sublevada sobre sí misma y satisfecha de su pequeñez.

Un cambio de mentalidad a la luz del Evangelio

Ante la secularización y la evidente dificultad con la que se encuentran los cristianos de hoy para transmitir la fe, es posible cerrarse intentando crear comunidades perfectas, que se retiren del mundo para conservar su pequeño o pequeñísimo rebaño, a la espera de la tormenta y con la nostalgia de un pasado que ya no existe. En este sentido, también es un riesgo muy presente hoy en día, ya que nos dedicamos con hiperactividad a las estrategias misioneras, convencidos de que el anuncio, el testimonio e incluso la conversión no son fruto del Espíritu al que es necesario dar espacio , sino fruto de nuestras habilidades y de nuestro protagonismo. Así, existe el riesgo, desgraciadamente recurrente en la era digital, de que en el centro de la evangelización esté el evangelizador y sus descubrimientos, más que el Evangelio y su protagonista. Francisco pide que dejemos lugar al Protagonista: éste es el sentido profundo de la conversión, como cambio de mentalidad a la luz del Evangelio.

La pequeñez de la que habla Francisco es, pues, un don. Es ser consciente de que sin él no podemos hacer nada y que es Dios quien nos precede, nos convierte, sostiene, cambia. Y esa conciencia también es preciosa para las Iglesias que todavía son numéricamente significativas: la oportunidad que ofrece el camino sinodal que acaba de empezar puede ayudar a las comunidades cristianas a liberarse de los lazos de la burocracia, el clericalismo, la confianza en las estructuras, para construir o reconstruir un tejido de relaciones humanas en el que florezca el testimonio.