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santuari de Puiggraciós
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Mi crisis de los treinta —tengo veintiocho todavía, pero siempre he adelantado etapas— se manifiesta en la cocina. Este primer viernes de febrero hice magdalenas de chocolate para todo un regimiento y subimos al Santuario de Puiggraciós, que queda justo encima de la Garriga y se puede ver prácticamente desde cualquier punto del pueblo. Supongo que quien me explicó qué es un santuario debió poner Puiggraciós de ejemplo, porque para los de la Garriga es la experiencia primaria de este lugar. Cada año se renueva el voto del pueblo y cuando era niña subíamos con toda una panda del Colegio Sant Lluís. El tomillo, las sardanas y aquella virgen austera —pero presente— y la vista de pájaro de mi pueblo son sedimentos que han ido formando el poso de lo que hoy considero mis raíces. 

Para la mayoría de los de la Garriga, el Santuario de Puiggraciós es el primer punto cardinal que señala la experiencia espiritual. Quizás es por eso que aquellos amigos con los que hice la confirmación —que también son mis primeros amigos y los que hoy sigo considerando mi grupo de amigos nuclear—, eligieron Puiggraciós para escenificar su regreso a la fe. Aquel viernes, con una bandeja de magdalenas que era un gusto ver, fuimos al Santuario porque estos amigos, que después de la confirmación habían considerado que la fe les era algo ajeno, habían organizado una oración con cantos de Taizé para enmendar al adolescente que fueron. Fui con la clase de alegría que debió sentir el padre del hijo pródigo cuando lo vio llegar: la clase de alegría que devora cualquier inclinación al reproche y a la condescendencia porque pone el presente con Dios por encima de un pasado sin Él. A menudo, la alegría genuina se manifiesta en una sed de generosidad, evitando la tentación del orgullo. Procuré que mi presencia en ese lugar se interpretara en esos términos.  

Mi identificación con la Iglesia, la manera en que me siento parte de ella, se concreta en una indefinición carismática. Si las actitudes espirituales se expresan dentro de la Iglesia en un abanico de maneras de profesar la fe y de vivir la adhesión a la institución, en todas partes he encontrado algo que me ha hecho entender la existencia de ese círculo. Sintiéndome parte de una gran familia, en todas partes estoy bien y de todas partes entiendo la razón de ser. No todo el mundo, tampoco entre los católicos, lo vive de la misma manera. Tampoco todos entienden hasta qué punto la Iglesia, sin dejar de ser católica, es un recipiente de una gran diversidad. Mucho mayor, de hecho, de lo que los que la miran desde fuera —o los que entienden una experiencia acotada y reducida— se imaginan. 

Los amigos que habían organizado la oración habían vivido un desencanto con la fe porque habían vivido un desencanto con la institución. O con una parte de la institución. O la institución les había parecido una excusa suficientemente grande para enmendar aquello que la Iglesia está llamada a preservar. Y habían vuelto porque, consciente o inconscientemente, sin abandonar su espíritu crítico, la Iglesia les había parecido el lugar donde llevar a cabo la práctica que habían dejado atrás. El contacto de emergencia de su espíritu habían sido las monjas de Sant Pere de les Puel·les que residen en Puiggraciós, y con las que se habían reencontrado a raíz de la grabación de un capítulo de podcast para Ràdio Silenci, la radio local de la Garriga. 

Habían acondicionado la planta baja del santuario con alfombras, velas y taburetes bajos. La calidez de la sala contrastaba con el frío de la iglesia al otro lado de la pared que, sin calefacción, a esa hora de la tarde, era prácticamente una nevera. Habían arreglado un altar con dos iconos: la Madre de Dios y la imagen de Cristo agarrando a Pedro por el hombro, que también está en uno de los laterales de la iglesia de Taizé. Es un icono que tengo en la habitación de casa de mis padres desde que fui a la comunidad ecuménica francesa por primera vez, y que me hace pensar que con ese mismo afecto y proximidad, Cristo también se hace presente a mi lado. Siempre me enciende la chispa de la oración, y aquel viernes en Puiggraciós, rodeada de mis amigos de infancia, no fue diferente. 

De trabajar en Albada Editorial he sacado muchas cosas buenas. Una de las mejores cosas que he sacado, sin embargo, es tener al alcance la posibilidad de entrar en contacto con muchas sensibilidades diferentes, a través de los libros o de las charlas que acompañan a los libros. En una de estas charlas, escuché a Oriol Jara exponer una idea que aquella noche en Puiggraciós, frente al icono de Cristo con Pedro, me volvió a la mente. Oriol decía que Pedro y Judas no eran tan diferentes: aunque el primero lo hace de una manera menos premeditada y el segundo de una manera más premeditada, llegado el momento, ambos traicionan a Jesús. La diferencia entre uno y el otro, sin embargo, es que Judas se cuelga y Pedro se esconde después de negarlo; niega a Jesús, se esconde y lo ve resucitar. Y después funda la Iglesia. 

En esos bajos del Santuario de Puiggraciós, contemplando aquel icono y rezando con mis amigos como rezaron los apóstoles, fui mascando la idea de que en la vida interior, en la vida de fe, la paciencia y la esperanza son dos cosas que se parecen mucho, porque ambas son reflejo de la confianza en Dios. Y a veces solo hay que esperar un poco más y entregar la agitación de nuestro sistema nervioso al ritmo de sus tiempos para ver cumplido aquello que antes habíamos creído imposible, como estar en una oración organizada por los amigos con los que hacía trece años que no asistía a ningún evento religioso. «No os preocupéis, pues, por el mañana, que el mañana ya se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con sus propios problemas» (Mt 6, 34). Alimentar la fe, muchas veces, es descansar en la premisa de que Dios sabe más.

Si todo va hacia donde parece que va, mis amigos no serán los únicos en volver a la Iglesia, o en intentar hacerse su lugar, para practicar una fe que hasta ahora les había parecido que no necesitaban: para rellenar una ausencia espiritual que el mundo no ha podido satisfacer. Ejecutar esto, encontrar un lugar o un espacio donde hacerse un lugar, también les ha demandado paciencia a ellos. No sé hasta qué punto quien tiene la capacidad para tomar decisiones dentro de la Iglesia es consciente de este fenómeno, pero la ternura de los retornados también requerirá y merecerá generosidad. Al terminar la oración, subimos al comedor del Santuario con las monjas a probar todo lo que los asistentes habíamos llevado. Mal está que lo diga, porque quizás sí que tiene un punto de soberbia, pero las magdalenas habían quedado deliciosas. 

Nos vi en aquella sala y sentí que la mano de Cristo nos sujetaba por el hombro, acompañando a cada uno en su camino. Un camino que, por cierto, con los años que hace que nos conocemos, se ha ido haciendo más tortuoso, pero «mirad los pájaros del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros, y vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, por más que se esfuerce, puede alargar un solo instante su vida?» (Mt 6, 26). Aquel viernes aún faltaban diez días para empezar la Cuaresma, pero me sirvió para predisponer el corazón a la paciencia, que es esperanza y es confianza, mientras en mi cabeza resonaban las palabras de Oriol Jara: “la diferencia entre Judas y Pedro es que Pedro espera y ve a Cristo resucitado”. Lo que cuenta, pues, no son nuestras imperfecciones, ni nuestras heridas, ni siquiera nuestros desengaños: lo que cuenta es lo que, imperfectos, y heridos, y desengañados, elegimos hacer con el tiempo que nos ha sido concedido. Y hacerlo confiando en que la perfección de Dios lo hará todo nuevo, de la misma manera que al terminar la Cuaresma llega la Pascua. 

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