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Todo creyente -de cualquier religión- que no haya caído en la trampa del fundamentalismo, ni se haya limitado a hacer de su fe un conjunto de creencias y prácticas evasivas de la realidad, sentirá la urgencia de encontrar el nexo vital que existe entre una auténtica fe en Dios y el servicio desinteresado al bien de la humanidad histórica. Sin dicho nexo desfallece la fe que, más pronto que tarde, resulta ser esa sal insípida de la que Jesús dice solo sirve para ser pisoteada, y que no pocas veces es la causa del descrédito de la práctica cristiana.