Voleu rebre les notícies?

Subscriviu-vos al butlletí gratuït

No es ningún secreto que nuestra sociedad catalana, y el mundo occidental en general, es cada vez más individualista y, por tanto, menos comunitario y menos social.

Fijando la mirada en nuestro ámbito todos tenemos experiencia y constatamos esta visión del mundo más individualista, e incluso reconocemos en nosotros, cada vez más, actitudes de este tipo. Javier Elzo, en su último estudio, nos presenta una serie de datos sociológicos que verifican esta sensación.
 
Comparto con vosotros mi preocupación por la menor valoración de la vida comunitaria, por lo que supone de experiencia personal y manera de vivir en la Iglesia y en el mundo; nos faltan referentes comunitarios. Cada vez hay más corrientes que intentan hacernos vivir nuestra fe fuera de la Iglesia, indicando incluso la posibilidad de ser creyente sin una comunidad de referencia, y no hay que hacer una radiografía de nuestras parroquias para constatar que el núcleo comunitario ha disminuido muchísimo, y crecen los círculos de personas que participan de la parroquia puntualmente, alimentando esta vivencia individual de la fe, de nuestra sociedad, con una grave crisis de la familia (y de otras formas de convivencia) y del tejido asociativo y de compromisos políticos.
 
Una anécdota: hace unas semanas un joven del ámbito de la parroquia me contaba que había salido de casa a dar un paseo porque cuando cenaban su hermano y sus padres habían iniciado una fuerte discusión. Me decía que, alrededor de la mesa, cenando lo que la madre había preparado, era el momento (el único) donde poder compartir con la familia lo vivido en aquella jornada.
 
Si nos fijamos en los jóvenes veo con preocupación su experiencia comunitaria: pocos jóvenes viven en un marco familiar y es difícil encontrar parroquias que sean comunidades acogedoras y respetuosas con los procesos. Todo esto me hace pensar y decir que necesitamos imaginación y valentía para proponer a los jóvenes, desde la pastoral, experiencias de vida comunitaria.

Yo soy de la generación donde la acción era más importante que la oración y, en algún momento, aquellos que nos acompañaban en el camino de la fe, nos ayudaron a suplir esta realidad y nos acercaron y facilitaron experiencias de oración, para que fueran compañeras de camino con la acción.
 
Si estamos de acuerdo en que nuestra juventud es más individualista y no conoce ejemplos de vida comunitaria, responsablemente se la tendremos que ofrecer, acercándonos a ellos y facilitándosela. Y habrá que hacerlo desde la pastoral más ordinaria, porque la comunidad es algo fundamental y ordinario en nuestro ser cristiano.
 
Soy consciente de que en la iglesia ya hay iniciativas de este tipo, pero creo que hay que hacerlas llegar a más y más jóvenes. Pienso en:
- Campos de trabajo (de servicio) durante el verano insertados en una comunidad religiosa.
- Comunidades de laicos, temporales, con un compromiso de servicio y de oración.
- Incluir el sacramento del matrimonio en los itinerarios de formación de adolescentes y jóvenes.
- Difundir en las parroquias la posibilidad de acoger temporalmente a niños y adolescentes en peligro de exclusión social.
- Comunidades de jóvenes insertadas en la parroquia, como comunidad de comunidades.
- Celebrar la eucaristía como si se tratara de un encuentro de hermanos convocados por el Señor.
 
Carlos Muñiz, presbítero de Sant Feliu de Llobregat