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Como decía el pasado 1 de julio CatalunyaReligió en la excelente crónica de Gloria Barrete, "Muchas son las congregaciones religiosas que este año hacen efectivos los procesos de unión de sus provincias, inspectorías, o zonas. Y si a principios de junio lo hacían los Salesiano, y hace pocos días los Jesuitas, ahora tenemos que sumarle otra: las Religiosas del Sagrado Corazón de Jesús, que el pasado viernes aprovechaban la celebración del Sagrado Corazón para visualizar la unión de sus dos provincias españolas, norte y sur, en una sola". Las tres unificaciones, más las que probablemente habrá en el futuro, no son flor de un día. Responden a un proceso largo, pensado y trabajado a fondo, para incrementar la eficiencia de estas órdenes acusadas, como todas, de un grave problema de recambio generacional de sus miembros por la falta de vocaciones. Sospecho, también, que la modernización de los mecanismos de comunicación hacen cada día más viable el gobierno de espacios más amplios. No quisiera hacer ningún paralelismo barato ni oportunista, pero choca mucho que, mientras una corriente central muy fuerte de la sociedad catalana reclama un "estado propio", las órdenes religiosas, con discreción, hagan el camino contrario integrando sus estructuras con la resto de España. Está muy claro que la realidad es poliédrica. Por suerte.

La noticia me hace venir algunas cosas en la cabeza que no me puedo resistir de compartir. En primer lugar, que un proceso de ruptura como el que plantea la corriente independentista puede romper algo más, por ejemplo los lazos afectivos (y no tan afectivos) con personas que empezaremos a llamar extranjeros, aunque algunos hablen nuestra misma lengua y se sientan de un mismo lugar.

En segundo lugar, que para moverse en el mundo con cierta ligereza es necesario reducir estructuras y no crear otras nuevas, compartir en lugar de separar, aliarse y no ensimismarnos. Lo aprenden las órdenes religiosas y también las empresas que triunfan. Y las potencias que dominarán, si no lo hacen ya, la escenanario político mundial. Obviamente, los espacios más amplios deben ser espacios de acogida, de respeto, de fortalezas comunes y seguro que la España actual no lo tiene, todo esto y, de hecho, es lo que la pone en peligro.

Y en tercer lugar, pienso si el proceso no acabará unificando aún más las provincias religiosas, en Europa, e incrementando su número en todo el mundo. La presencia del mundo católico crece, a nivel mundial, y se resitúa en los países llamados "emergentes". Y baja en una Europa, por cierto, falta de proyectos comunes y de una voz propia en el nuevo crisol mundial. Quizás este es el destino de estas órdenes. Sin duda, lo es el de Cataluña, que será más fuerte y libre si se integra plenamente en una Europa unida y con políticas comunes. Y el camino hacia Europa lleva a empezar por los vecinos, con los que hay que trabar nuevas alianzas, a quien debemos convencer del daño que hace no tener proyectos comunes. Como dice un amigo mío, si los jesuitas hacen esto, es que es importante, porque "estos nunca hacen nada porque sí". Lo que también tengo muy claro es que el proceso que ha llevado hasta aquí a estas órdenes no responde ni a ningún espíritu centralizador ni ha aplacado reivindicación nacional de sus miembros, entre los que hay de todo, como en todas partes.

A ver si resulta que curas y monjas deberán asesorar a nuestros gobernantes sobre cómo resolver la cuestión de "la provincia" sin provincianismo. Decíamos antes que una de las posibles causas de la remodelación de las órdenes puede deberse a la falta de vocaciones. En política también pasa eso.