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Domingo XV del tiempo ordinario. Ciclo A
Barcelona, ​​13 de julio de 2014

¿Qué es la parábola del sembrador?
Es una invitación a la esperanza.
La siembra del Evangelio, muchas veces inútil por diversas contrariedades y oposiciones, tiene una fuerza incontenible.
A pesar de todos los obstáculos y tropiezos. La siembra termina con cosecha fecunda que hace olvidar todos los fracasos ocasionales.

Los creyentes no debemos perder la alegría debido a la aparente impotencia del Reino de Dios.
Siempre parece que la causa de Dios está en decadencia y que el Evangelio es una realidad insignificante y sin futuro.
Pero no es así.
El Evangelio no es una moral ni siquiera una religión con más o menos futuro.
El Evangelio es la fuerza salvadora de Dios, sembrada por Jesús en el corazón del mundo y de la vida de los hombres.

Empujados por el sensacionalismo de los actuales medios de comunicación, parece que solo tenemos ojos para ver lo que no funciona, lo que va mal.
Y ya no sabemos ver esta fuerza de vida que se encuentra escondida bajo las apariencias más escasas o desalentadoras.
Si pudieramos observar el interior de las vidas, nos asombraríamos ante tanta:
– bondad
– entrega
– sacrificio
– generosidad y verdadero amor.

Hay malentendidos y violencia entre nosotros, pero está creciendo, en muchas personas, el anhelo de una verdadera paz.
Es evidente que se impone el consumismo egoísta en nuestra sociedad, pero cada vez son más las personas que descubren el placer de una vida sencilla y la gracia del saber compartir.
La indiferencia parece haber apagado la religión, pero hoy son muchos los corazones donde desvela la nostalgia de Dios y la necesidad de la oración.

La energía transformadora del Evangelio está trabajando el corazón de la humanidad.
La sed de justicia y amor seguirán creciendo.
La siembra de Jesús, de ninguna manera terminará en fracaso.
Lo que sí nos pide es acoger la buena semilla, removiendo la tierra de nuestro corazón.

Es en nosotros mismos, que en las horas de luz interior descubrimos
– la fuerza de crecer
– de ser más humanos
– de ser más accesibles
– de ser más acogedores
– de transfigurar nuestra vida
– de edificar relaciones nuevas y generosas entre las personas
– de vivir con más transparencia
– de abrirse más a Dios.

He aquí a buena ruta a seguir.