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Suena a visión economicista de la vida pero es una expresión de lo más arraigada en nuestra lengua. Es análoga a revisar, valorar o analizar un itinerario pero hay que reconocer que «hacer balance» tiene gancho y espontáneamente rezuma implicación. Algunas fechas del calendario y algunas épocas de la vida invitan a hacer balance como, por ejemplo, la finalización del año natural, un determinado aniversario o el cierre de una etapa profesional. El ritmo del calendario académico nos otorga a los padres, educadores y estudiantes una ocasión privilegiada. ¿La aprovechamos lo suficiente? ¿Hacer balance es algo instintivo o conviene aprender a hacerlo?
 
Tengo pleno convencimiento de que hacer balance resulta capital en la vida de las personas y nos ayuda a medir el crecimiento humano y a no vivir prisioneros de la superficialidad o de una deriva sin rumbo. Porque hacer balance supone desplegar una capacidad de análisis de los hechos, de sus causas y sus efectos. Implica reavivar aquel hábito algo oxidado del examen de conciencia y explorar nuestras actitudes y conductas, y valorar los nexos con nuestra actuación. Significa recuperar un determinado proyecto previsto y escanearlo para conocer qué hemos hecho y qué no, qué ha sido posible y qué habría sido mejor. Hacer balance, también quiere decir auscultar nuestras emociones y autopreguntarnos cómo estamos en el ámbito de los sentimientos, de los afectos y las relaciones, también, interrogarnos cómo están los otros conmigo. Hacer balance es una muy buena estrategia para hacer memoria, recordar, tomar conciencia del paso del tiempo y del cambio, es decir, de dónde venimos, hasta dónde hemos llegado, qué nos queda y qué circunstancias tenemos en este momento. Hacer balance nos coloca en la pole position —como dirían los amantes de la Fórmula 1—, para percibir las cosas a mejorar y prever un entorno positivo, en definitiva, arrancar con más fuerza.
 
En cualquier ámbito educativo, hacer balance personal debería ser —no diré una competencia— pero sí un hábito del todo ineludible como mínimo una vez por curso. De todo ello, los profesionales de la educación tenemos que hablar con solidez y seguridad, nos tenemos que dotar de recursos y tiempo adecuados para facilitar su realización. Y más aún, hoy en la universidad, lo veo del todo imprescindible si queremos ciudadanos, profesionales e investigadores conscientes de su actuación y responsabilidad. ¿Aprovecharemos la oportunidad de este fin de curso?

 

Publicado en Catalunya Cristiana, núm. 1813, de 22 de junio de 2014, p.12.