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Existen dos pinceladas narrativas sobre las primeras comunidades. La primera (Hch 4,32-35) se centra en la vida interior de la comunidad, cuyos valores son la unidad, la plegaria y compartir los bienes. La segunda (Hch 5,12-16) describe la misión y el testimonio de la comunidad hacia el exterior a través de señales y prodigios. Cuando el ser está preñado de vida, su energía se expande alrededor. Las curaciones se suceden con asiduidad. Unas son físicas. Otras, psicológicas y morales. 
 
Lucas presenta una síntesis precisa: «Sacaban los enfermos a las plazas y los colocaban en lechos y camillas, para que, al pasar Pedro, siquiera su sombra cubriese a alguno de ellos. También acudía la multitud de las ciudades vecinas a Jerusalén trayendo enfermos y atormentados por espíritus inmundos; y todos eran curados.» 
 
Las personas buscan afanosamente la curación de sus dolencias. No escatiman esfuerzos por recuperar la salud. El rostro de la enfermedad es poliédrico. Dolor físico, sufrimiento interior, problemas mentales, depresiones afectivas… complican la vida y, en algunos casos, la arruinan. La fe es clave para curarse. Sin confianza, no hay progreso. Vale la pena correr el riesgo. En el terreno físico, las enfermedades contagiosas exigen el aislamiento de los enfermos. El mal es más fuerte que el bien. En cambio, en las enfermedades psicológicas y morales el mal sucumbe ante la fuerza del bien. La esencia es curativa. Muchos milagros en los evangelios se producen por contacto. Para ello, hay que salir de las guaridas y de los escondrijos a las plazas y a los caminos. Sin un reconocimiento real y transparente de la propia enfermedad, no hay curación posible. No vale esconderse. Tomar conciencia de la propia situación y buscar ponerle remedio. Ir a la fuente, a quien puede curar. ¡Tanta gente que acude a curanderos y gurús se encuentra cada vez peor!
 
Pedro reconoce que cura en nombre de Jesucristo. No se considera la fuente, sino el canal. Sin humildad en la terapia no hay curación posible. En todo caso, unos síntomas de mejora transitoria. Pero hay más. No sólo cura cuando toca al enfermo. También cura con su sombra, con sus límites, con sus heridas. Los demás lo saben y acuden sin complejos para que al menos su sombra les cubra. Nadie busca ya el hombre perfecto, sino al hombre de Dios. Los enfermos se curan. Incluso las personas atormentadas por espíritus malignos, cuyo sufrimiento adquiere proporciones gigantescas. El dolor mental, psicológico y moral es penetrante y no da tregua. Con frecuencia, no encuentra paliativos. La tarea consiste en curar a la persona sin que busque escapatorias y sin que pierda la conciencia de su propia realidad. La sombra, aunque sea la sombra, también cura no sólo al enfermo sino al mismo terapeuta. El orgullo y la vanidad, especialmente en el campo espiritual, necesitan antídotos. La sombra cumple esta función.