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Un etíope regresa de una peregrinación a Jerusalén. Se trata de un alto funcionario y tesorero de Candaca, la reina de su país. Sentado en su carruaje, lee el profeta Isaías. Felipe, siguiendo las indicaciones de un ángel y después del Espíritu, alcanza el carruaje y pregunta al etíope: «¿Entiendes lo que estas leyendo?» Su respuesta, humilde: «¿Cómo he de entenderlo si nadie me orienta?» Invita a Felipe a subir al carruaje. Le desentraña, poco a poco, el sentido profundo de los textos del profeta que apuntan al anuncio de la Buena Nueva de Jesús. La comitiva llega a un lugar donde hay agua y el funcionario le pide ser bautizado, petición que Felipe atiende sin demora. Cuando los dos salen del agua, el Espíritu se lleva a Felipe. El etíope ya no lo ve más, pero sigue con gozo su camino.
 
Esta narración de Lucas (Hch 8,26-40) apunta a uno de los procesos más profundos del crecimiento personal y de la vía espiritual. Encontrar en la vida una persona que descifre el significado de la existencia es un don. Adentrarse en un mundo nuevo a través de la explicación de los textos inspirados, el camino. El etíope parte de la ignorancia, acepta la ayuda externa para superarla y transforma el conocimiento en compromiso. Escucha con atención, formula preguntas con interés y abre su corazón a las nuevas enseñanzas. Sumergirse con su guía en el agua culmina su proceso de conversión. No se agarra desesperadamente a Felipe, su maestro, que le ha permitido llegar hasta ahí. A partir de este momento, el guía exterior se transforma en un guía interior. Felipe deja paso al Espíritu. El funcionario real pierde la presencia de Felipe. No se sabe si lo echa de menos, pero el resultado es evidente: sigue con alegría su camino. Acaba de interiorizar el guía. Entiende que la vida espiritual puede iniciarse con muletas y apoyos externos, pero que llega un momento que el impulso viene de dentro. El Cristo, anunciado en los textos proféticos, se convierte en el Cristo interior, que le va a guiar por las sendas de la vida. Por este motivo, no hay tristeza ni duelo, sino alegría y gozo.
 
Su deseo de aprender, pese a la resistencia que le ofrecen los textos, es profundo. El etíope no se desanima ante las dificultades, pero tampoco se conforma con manuales de autoayuda. Quiere ir al fondo de la búsqueda. Se abre a un extranjero, presuntamente de condición social inferior. No se supedita a la tiranía de su ego, por esto es capaz de recibir la esencia del mensaje. Se pone en actitud de discípulo, hecho que le permite instruirse. Sabe que todo auténtico conocimiento conduce a un compromiso de la vida. Esta convicción le lleva a pedir el bautismo. Es proactivo. La alegría profunda es la señal del cambio y la muestra de que ha abierto su corazón al guía interior, que le impulsa a seguir su camino.