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Muchas personas critican el ayuno y la abstinencia como prácticas religiosas. ¿Tienen razón? ¿Por qué la Iglesia las engloba en un mandamiento y le otorga carácter obligatorio? ¿Cuántos cristianos lo tienen en cuenta? La abstinencia de carne, se dice con ironía, no tiene problema. Basta comer una buena mariscada en lugar de un filete. Ayuno, lo que se dice ayuno, sólo afecta a dos días del año: el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. ¿No sería mejor suprimirlos? ¿No son residuos del pasado que hoy no tienen ningún significado?

En contra de lo que algunos piensan, el ayuno y la abstinencia, prácticas arragaidas en la tradición multisecular, gozan hoy de una vibrante actualidad. En la sociedad, el ayuno y la abstinencia son prácticas modernas frecuentes. Si por ayuno se entiende «abstenerse total o parcialmente de comer o beber», existe un número importante de personas que lo practican. Los motivos son diversos: dieta, adelgazamiento, imperativo estético, exigencias terapéuticas, planteamientos new age, sugerencias de gurús, anticipo del verano y la playa… La abstinencia de carne también tiene sus adeptos. Los vegetarianos son sus paladines. Se fundamentan en razones de nutrición, así como en los inconvenientes de comer carne por la procedencia de la misma, la alimentación de los animales de la que procede, el trauma de los mataderos... No se excluyen difusas razones de una espiritualidad laica. Incluso, cuando sacas un billete de avión que incluye comida, te preguntan si eres vegetariano o si deben tener en cuenta alguna exigencia en alimentación. Todo ello, abunda en la modernidad de esas prácticas.
 
Cuando parecía que el cristianismo dejaba de lado en la vida cotidiana el ayuno y la abstinencia, ha irrumpido en nuestro contexto el islam con el ramadán. Muchos ignoran la normativa actual de la Iglesia y los valores que la sustentan. El catecismo recuerda este mandamiento eclesial que figura en el derecho canónico y en las normas de la Conferencias Episcopales. ¿Dónde está, pues, el problema? La sociedad actual admite el ayuno y la abstinencia por muchos motivos, pero no por razones religiosas. En este terreno es donde se sitúa la crítica y la ironía. Los católicos hemos asumido el rechazo social y lo hemos hecho propio.
 
En la tradición católica, el ayuno y la abstinencia tienen un sentido penitencial y se vinculan a la caridad y a la limosna. Representan un modo de atenuar dependencias y de poner el acento en lo esencial. No hay narcicismo en la renuncia, sino ansias de libertad espiritual. Tienen variadas formas y las orientaciones eclesiales prevén modos alternativos a las prácticas de siempre. Se tiene en cuenta el contexto geográfico. En los países donde se pasa hambre, el ayuno y la abstinencia dejan de ser un ejercicio de libertad, aunque haya quienes lo hagan para beneficiar a familiares o amigos. Donde eso no sucede, hay que reivindicar el derecho al ayuno y a la abstinencia como opción religiosa. Los otros motivos socialmente se aceptan.