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Domingo 4º de Cuaresma. Ciclo A
Barcelona, ​​30 de marzo de 2014

Este fragmento evangélico, largo y muy detallado, está pensado y redactado para desembocar en el momento final y culminante: el acto de fe que hace el ciego acabado de curar cuando se postra ante Jesús.
Un acto de fe que no es fe en Dios o en el Hijo de Dios, sino fe en el Hijo del hombre (Juan 9,35-38).
La expresión "Hijo del hombre" la usa en los evangelios sólo Jesús. Nadie más.
Fue una novedad que Jesús introdujo en aquella cultura.
Se trata de una expresión semítica, bar'adam: hijo de Adán o su equivalente bar'nasa: Hijo de hombre. Adam es el mismo que hombre.

Por tanto, el evangelio de Juan relata un proceso muy duro, durísimo, que tiene como desenlace final y conclusión, la fe en el hombre.
El proceso es terrible. La iniciativa es de Jesús, ya que ni se menciona que el ciego pidiera ser curado.
Y luego que el ciego empieza a ver también las dificultades:
– los vecinos dudan
– sus padres lo abandonan y no dan la cara por él
– los dirigentes religiosos le insultan y, finalmente, la excomulgan como una persona llena de pecados.

Se trata pues de un proceso de creciente soledad porque
– le abandona la sociedad
– le deja totalmente solo la familia
– y le excomulga la religión.

Pero ¿creer en qué? ¿Creer en quien? 
¿En Dios? No.
¿En el Hijo de Dios? Tampoco.
Se trata de creer en el hombre. Esto es lo más difícil. ¿Por qué?

Para que esto requiere un proceso de despojamiento de todo lo que nos impide coincidir con lo humano, creer en el ser humano. 
Los hombres estamos dispuestos a poner nuestra fe:
– en el poder
– en el honor
– en el dinero
– en la ciencia
– en lo esotérico y extraño
– en la prensa.

Los hombres creemos
– en los dioses
– en los milagros
– en los ritos
– en los santos y los gurús
– en lo que sea.

La ruina de la humanidad radica en el hecho de que no creemos en el hombre, en el ser humano, en la persona.
Por eso no lo respetamos.
Por eso no lo tratamos como se merece. No queremos sea quien sea, y se porte como se porte.
Estamos ciegos.
Y los fanáticos de la religión son los enemigos más endurecidos de la humanitzación del ser humano.
Se encuentran más a gusto en su ceguera y alimentando la ceguera de todos los que no acabamos de tomar en serio el ser humano. La persona humana.
Y esto es lo decisivo.
No sólo por lo que es en sí el ser humano. Además de esto, porque en el ser humano se ha encarnado el mismo Dios y en él –en el ser humano– es donde podemos encontrar a Dios.

A Dios, si no lo encontramos y no la queremos en el ser humano concreto, no lo encontraremos nunca en ninguna parte ni en nadie.
Encontrar y amar.
¿Lo hemos encontrado, nosotros, Dios en la persona humana?
¿Sí o no?