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Domingo 2º de Cuaresma. Ciclo A
Barcelona, ​​16 de marzo de 2014

¿Qué nos hace falta para encontrarnos con Dios?
No necesitamos
– ni cavilaciones
– ni esfuerzos sobrehumanos
– ni gritos
Basta hacer silencio.
Silencio por fuera y por dentro y escuchar su Divina Presencia en nosotros.
Aquietar, sosegar nuestra casa interior para acoger el que habita en nosotros.
Como dice muy bien Martín Velasco: “Afinar el oído para captar el murmullo de su paso, casi siempre tan suave como la brisa.”

El encuentro con Dios es siempre personal e intransferible. Podemos interceder los unos en favor de los demás, pero nadie puede orar en mi lugar sustituyendome.
No es posible comunicarse con Dios por procurador.
Es cierto que podemos utilizar fórmulas heredadas de los antiguos como Salmos y otras oraciones.
Pero, al final del final, soy yo quien tengo que recurrir a mi propio camino para encontrar a Dios en mi vida.

Lo decía el poeta León Felipe en sus famosos versos:
“Nadie fue ayer,
ni va hoy,
ni irá mañana
hacia Dios
por este mismo camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol
y un camino virgen
Dios.”

Cuando se da verdadera comunicación con Dios, allí hay
– una persona viva
– un hombre o una mujer que interrogan
– que buscan
– que suplican
– que gozan
– o que lloran y se quejan
– que alaban, confían y esperan.

Esta comunicación viva y personal con Dios es capaz de transformar la persona y reorientar, de nuevo, su vida.
Cuando se escucha con paz a Dios en el fondo de su corazón, se le iluminan zonas oscuras de su vivir que antes le pasaban desapercibidas. Y aprende a diferenciar lo real de las engañosas apariencias. Y también descubre fuerzas, energías interiores con las que ya no contaba.
La vida toda se transforma.
Hay nuevas luces, nuevas fuerzas, nuevo dinamismo que conforta y nos hace más valientes, más intrépidos, más activos.
Y, por encima de todo, uno se siente amado por Dios y con renovadas fuerzas per querer.
En el contacto con Dios, la vida del creyente cambia radicalmente, pasando del miedo y el temor a la paz cuando sabe escuchar el misterio de Dios manifestado en Jesús.

La voz del Cielo dice, refiriéndose a Jesús: "Escuchadle."
¿Qué hay que escuchar?
Lo que Pedro había rechazado poco antes: el anuncio de la Pasión y de la muerte.
El Dios de Jesús, al igual que el propio Jesús, es el Dios que lucha en la vida
– contra el miedo de los cobardes
– contra el poder que somete, asusta y oprime, aunque esto se haga en nombre de Dios.
Cuando la vida se orienta de esta manera, el final de esta vida puede ser muy parecido al final de la vida de Jesús.
Pero, en definitiva, eso es lo que nos transfigura. Esto es lo que le da, en nuestra vida, el mismo sentido que tuvo la vida de Jesús:
– riesgo
– muerte
– resurrección
– y salvación.