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Es evidente que nuestro mundo ha acelerado y seguirá acelerando la velocidad de su cambio. Toda la sociedad se hace eco de ello: las culturas, la economía, el conocimiento, el mundo profesional, etc. Muchos de estos cambios tienen, sin embargo, importantes intereses. El papa Francisco menciona, entre otros: «Estoy lejos de proponer un populismo irresponsable, pero la economía ya no puede recurrir a remedios que son un nuevo veneno, como cuando se pretende aumentar la rentabilidad reduciendo el mercado laboral y creando así nuevos excluidos» (Evangelii gaudium 204).

 
Aunque de una manera bastante implícita, esta sociedad —mejor dicho, el mercado de trabajo— lanza habitualmente mensajes subliminales sobre el perfil profesional que actualmente requiere y, especialmente, en el futuro. Una especie de «superprofesional» o un profesional «ilimitado». Un perfil con un montón de competencias y un extenso currículum de contenidos, con gran capacidad camaleónica de adaptación y una fuerte dosis darwiniana respecto a la evolución y competitividad del mercado, con una enorme movilidad y, a la vez, hiperconectado… Tal vez esto parezca un poco caricaturesco pero en realidad este imaginario va penetrando nuestras epidermis… ¿También un nuevo veneno? No nos extrañen, pues, una serie de consecuencias de todo esto. En efecto, desde la dificultad de muchos jóvenes al identificarse con este tipo de rol —o bien porque no lo encuentran nada razonable o porque no se ven capaces—, el estrés de muchos profesionales, la imposibilidad de la conciliación familiar, hasta los lamentables datos del suicidio vinculados a entornos profesionales.
 
La universidad debe tener un especial cuidado con esta cuestión porque tiene una enorme responsabilidad en la formación de una gran parte de los profesionales del futuro. Es necesario, al mismo tiempo, la formación de una actitud crítica, ética y humanizadora ante un mercado irresponsable y una formación que dé respuesta profesionalizadora de calidad a un panorama laboral complejo, cambiante, competitivo y globalizado. La respuesta a un dinamismo de vértigo no es un individualismo laboral abrumador que haga perder el aliento  por no decir la vida—, sino la capacidad de analizar las cosas con los mejores instrumentos, el trabajo en equipo, el establecer relación con los expertos de cada ámbito, una formación progresiva, el buen uso de las redes, etc. La universidad debe formar a profesionales que incorporen la felicidad y el sentido en su proyecto de vida.
 
Publicado en Catalunya Cristiana, núm. 1798, de 9 de marzo de 2014, p.8