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Mis  recuerdos como mujer trabajadora se remontan a mi infancia. Rodeada de mujeres, mi abuela, mi  hermana, mi madre. Me despertaba con el olor a pan tostado que la abuela preparaba. Mi hermana y mi madre se levantaban a  las cinco de la mañana. Mi hermana tenía que ir a trabajar a la fabrica y mi padre la acompañaba. Mi madre se encargaba de las tareas de casa, cuidar a la abuela, comprar y ayudar en el pequeño negocio familiar, un modesto bar de barriada.

Las tardes en casa era ver mujeres cosiendo, bordando y zurciendo viejos vestidos para aprovecharlos un año más. De fondo la radio,  la única forma de imaginarse lo que pasaba por el mundo, con las radionovelas  y seriales como  simplemente Maria, Lucecita y la música que siempre me quedaría en la retina, del consultorio de Elena Francis.

Vivía en un mundo de mujeres y todas trabajadoras.

Empecé a trabajar con 16 años. Mi primer trabajo fue en una  imprenta y mi primer sueldo de 888 pesetas al mes (poco más de 5 €) Estudiaba por la tarde-noche Técnico familiar-Administrativa.

Por la necesidad como tantas otras chicas y chicos de mi edad de colaborar económicamente a mi familia, deje ese empleo temporal y empecé a trabajar como carnicera/charcutera en el Mercado de la Concepción de  Barcelona. Aprendí a deshuesar, a madrugar, a pasar frio y  a estar detrás de un mostrador siempre sonriendo y sin dejar nunca de estudiar. 

Pero me acompañaba la fuerza de mi juventud y la ilusión que me transmitía mi militancia en  la JOC (Juventud Obrera Cristiana) donde fui descubriendo los  sencillos pero esenciales valores que nos unían, a los que como yo empezábamos nuestra trayectoria laboral: Amistad, solidaridad, saber compartir y a saber entregar mi tiempo libre comprometiéndome en la lucha social que por aquel entonces, era tan necesaria para mejorar las condiciones de vida en los barrio y en las empresas. Y Fue creciendo en mi, un proyecto difícil, que era el desprenderme de mis egoísmos, de vivir con sencillez y de compartir los anhelos y alegrías con los que me rodeaban, la clase trabajadora.

Aún recuerdo una frase, que poníamos en las pancartas en aquellos años.

"Un joven ó  una joven trabajadora vale más que todo el oro del mundo" J. Carding

Y en esa aventura era Jesucristo mi principal punto de referencia.

Mi corazón sentía que debía de dedicar más tiempo a  trabajar en el campo social.

Así que empecé haciendo un curso de trabajadora familiar. Caritas necesitaba una trabajadora familiar  para un proyecto innovador y diferenciado para infancia y familia.

Fui a  hacer mi entrevista y en diciembre de 1989 empecé a trabajar en el "Centre obert" de Torre Baró. Esta fue mi primera experiencia laboral como "trabajo social". Durante todos estos años, nunca he dejado de trabajar en mi compromiso en este campo.

A parte de la gran satisfacción y experiencia que ha supuesto para mi compartir con excelentes profesionales, además de grandes seres humanos, no he dejado de seguir continuamente formándome a nivel profesional, 

Después de haber trabajado durante estos 25 años, en infinidad de proyectos y experiencias

principalmente en el área metropolitana de Barcelona, y después de cambiar por circunstancias de mi vida, mi residencia al Maresme, He tenido la gran suerte y posibilidad de participar en este bello proyecto, que es "AVIDI" HSJ Calella

En este proyecto para mujeres y madres, en el que nuestra tarea consiste en acompañarlas y ayudarlas en un mundo todavía machista e injusto, en el que las mujeres y los niños siguen siendo los más débiles, a que puedan encontrar su sitio, su dignidad, su ilusión por la vida y a darles las armas necesarias para caminar solas y a que se sientan orgullosas de ellas mismas.

Sigo siendo mujer y madre trabajadora en casa, con mi familia , en mi puesto de trabajo (con las dificultades que conlleva compaginar ambas cosas)  y sin perder la fe en mis principios, y en mi compromiso de seguir intentando aportar mi granito de arena allá donde esté (En el barrio, ó en mi pueblo) por un mundo en el que merezca la pena vivir

Quima Guasch