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Un estudio de Cindy M. Meston and David M. Buss, realizado en 2007, en la Universidad de Texas (EUA) recogió una lista de 237 razones para tener sexo (ved: Archives of Sexual Behavior). «Estilos de Vida» de La Vanguardia, a principios de enero, publicó las 150 primeras razones con unos comentarios. Algunas previsibles: por puro placer, para conseguir un orgasmo, me gustó su aspecto físico… Otras, movidos por la atracción del momento: me deseaba, me pareció digno de confianza, fui seducido… Por intereses ajenos a la misma relación: alcanzar un favor especial, obtener un aumento de sueldo, conseguir un trabajo, por una apuesta, por dinero, me regalaron una joya, me invitó a una cena carísima… Como medio de exploración: tener una aventura, soy un adicto al sexo, estaba borracho, quería saber si es verdad lo que se dice sobre el sexo, para reafirmar mi orientación sexual, por tener una experiencia, estaba cansado de ser virgen… El sexo sirve también para hacer directamente el mal o vengarse: para dominar a la otra persona, quería transmitir una enfermedad sexual, sembrar discordia en otra pareja, para vengarme, para dañar al enemigo, romper la relación de un rival yendo con su pareja, para ajustar cuentas con alguien. La vanidad entra a menudo en juego: poner a prueba mis habilidades sexuales, presumir sobre mi experiencia sexual, la persona me halagó, quería ser popular, quería presumir de estar con un famoso, impresionar a mis amigos, me desafiaron a hacerlo, para vanagloiarme de conquistador, ser aceptado por mis amigos… Los autores del estudio agruparon las 237 razones en cuatro categorías: física, consecución de objetivos, emocional e inseguridad.
 
En la publicación de La Vanguardia, sorprende la ausencia de la palabra amor como una razón determinante para tener una relación sexual. En el estudio original, love (amor) aparece seis veces, pero no siempre con este significado estricto. Como amor oblativo, casi inexistente. La integración del sexo y del amor es un signo de madurez, pero se da escasamente en las frases del estudio. La relación del sexo con la reproducción resulta casi simbólica. Las motivaciones que impulsan a una relación sexual pueden ser muy variadas, pero se observa con claridad un uso narcisista y manipulador de la misma. La persona se centra sobre sí, sobre su propio ego, de modo que el otro pierde su relevancia y se convierte en mero objeto de placer o en medio de autoafirmación ajena. La mentira campa por doquier. En este contexto, es difícil pedir responsabilidad. Un embarazo no deseado acaba casi siempre en aborto. La ausencia de amor imposibilita la fidelidad profunda. El narcisista no vive la sexualidad en sí misma, sino que la convierte en un instrumento de su propia grandeza. El yo es tan descomunal que no hay espacio para el tú. Así se escapa la felicidad. El malestar que lleva uno en sí mismo no se resuelve normalmente en el cambio de pareja, sino en la transformación de su propia capacidad amorosa. La educación en el sexo y en el amor todavía está en mantillas.