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En la festividad de Reyes, participé en una comida familiar. Una tercera parte de los asistentes era joven. Hablamos de muchos temas. Hacia el final, felicité sinceramente a los jóvenes porque en el transcurso del ágape nadie se había dedicado a sacar su móvil para leer noticias, consultar mensajes, entrar en el facebook, leer correos o enviar WhatsApps. Tampoco habían ido al ordenador para realizar tareas semejantes. No es norma, pero ocurrió afortunadamente así.
 
Estamos fascinados por la tecnología. Navegamos por mares y territorios del mundo entero de manera virtual, pero cada vez perdemos más el contacto con nuestro entorno inmediato. El aquí y el ahora se transforma en el después y en cualquier parte. Juntos, pero aislados. Cada uno sumergido en su burbuja informática, enviando mensajes que se lanzan como en botellas de cristal flotando sobre el agua. Sensación muy incómoda para los presentes, que quedan marginados de sus intereses. Este comportamiento se va normalizando y aparece como algo natural. En realidad, implica una profunda falta de respeto hacia las personas de nuestro entorno inmediato. Incomoda. En los restaurantes, se podrían filmar escenas similares. Dos personas, sentadas una frente a la otra, sin hablarse, cada una volcada sobre la pantalla de su móvil, acaso tableta. Algunos monosílabos pueden romper el silencio. Dos extraños entre sí. La relación virtual engulle, con los encantos y posibilidades que proporciona la técnica, la realidad inmediata. No hay miradas que se entrecruzan. Una ruptura traumática de cuerpos y almas. Con el cuerpo, allí. Con los pensamientos y sentimientos, en otra parte. Acaso a miles de kilómetros o a una distancia de dos estaciones de metro o tres paradas de autobús. Surrealista.
 
Cualquier cosa que tiene inmensas posibilidades presenta a la vez grandes riesgos. Ver solo los aspectos positivos de la tecnología implica un secuestro de la realidad. Existen también problemas. Como siempre, depende de cómo se utilice. Aquí entra en juego la educación, la formación, la calidad humana de los usuarios. El hechizo de la tecnología no debe ocultar que se trata de un medio poderoso, pero solo de un medio. Hay que manejarlo con libertad y responsabilidad. Lejos de adicciones y dependencias. No es fácil. Su uso depende de las circunstancias. Las relaciones inmediatas, si son importantes e intensas, no pueden quedar relegadas por el reclamo del sonido que anuncia un nuevo mensaje rompiendo así la comunicación del momento. Jonathan Franzen, en su discurso pronunciado en la ceremonia de graduación del Kenyon College, mayo de 2011, habló del “contraste entre las tendencias narcisistas de la tecnología y el problema del amor real”. Los objetos técnicos se convierten a menudo en refugio para evitar vivir la realidad de las relaciones. El amor y el dolor se reducen a unos cuantos caracteres que, en el campo virtual, impiden el coraje y el compromiso. La vida es otra cosa y lo estamos olvidando.