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Domingo II del tiempo ordinario. Ciclo A
Barcelona, ​​19 de enero de 2014

La gente no quiere oír hablar de espiritualidad porque no sabe qué se esconde detrás de esta palabra.
Espiritualidad significa más que religiosidad.
Espiritualidad significa vivir una relación vital con el Espíritu de Dios.
Y esto solo es posible cuando se experimenta a Dios como fuente de vida en cada experiencia humana.
Ante la muerte, petrificado o insensible, el Espíritu despierta siempre el amor a la vida.

Por ello, vivir espiritualmente es vivir contra la muerte, es afirmar la vida a pesar de la debilidad, el miedo, la enfermedad o la culpa.
Quien vive abierto al Espíritu de Dios vibra con todo lo que hace crecer la vida y se rebela contra lo que la mata.
Este amor a la vida genera una alegría diferente: enseña a vivir sin armas, de manera amistosa y abierta, en paz con todos, acompañando la tarea de hacer la vida más digna y feliz porque nos hace vivir de manera alegre, atractiva y seductora.
Esta experiencia espiritual dilata el corazón: descubrimos nuevas expectativas que se clarifican con las promesas de Dios.
Estamos orientándonos hacia lo esencial y es así como superamos todos los límites.

Se trata de vivir la vida tal como Dios la ve y la quiere:
– buena
– digna
– bella
– y abierta a la felicidad eterna.

Esta es, según Juan Bautista, la gran misión de Cristo: vivir en contacto con el  Espíritu.
Es esto lo que nos puede liberar de una manera triste y raquítica de entender y de vivir la fe en Dios.

¿La hemos descubierto nosotros, esta nueva y renovada manera?