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Las loterías y la Grossa de Cap d’Any pueden convertir a una persona en millonaria por azar. No se confía en el resultado del esfuerzo y del trabajo. Todo reside en la suerte del bombo. La publicidad incide en el deseo y manipula la auténtica esperanza que radica en lo más profundo del corazón humano. El estímulo procede del exterior. Las imágenes de los anuncios despiertan la codicia. La esperanza va más allá de las expectativas. A veces, se viste de deseos alicortos que parecen colmarla, pero que generan vacío y frustración. Toda esperanza que no surja del interior es maniobra o mueca. Cuando suenen las doce campanadas y la gente engulla con avidez las doce uvas, cuando el guarismo del año anuncie la llegada de uno nuevo y las copas de cava —que, en algunos casos, el boicot transformará en cerveza— briden por tiempos mejores… todo quedará en un sentimiento difuso. Mientras, la esperanza late en otra onda. Busca raíces de eternidad. Las cosas efímeras, la vanidad, los deseos pasajeros no satisfacen su esencia. Distraen al protagonista, pero no alimentan su sentido de la vida.
 
La pregunta fundamental apunta a la esperanza de fondo. Conectar con ella implica sumergirse en el propio corazón, en lo más profundo del ser, donde reside Dios. Más allá de las ideas y de los deseos, donde se pierden las expectativas pasajeras y se gana un horizonte de eternidad. La esperanza requiere renuncia, vaciamiento, espera. Uno ya no se marca su calendario. Como le ocurrió a Pedro, cuando Jesús le dijo: «Cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras» (Jn 21,18). Aprender a vivir esta dimensión es otra cosa. 
 
Existen sucedáneos de la esperanza. En una línea, rebajando su carga de profundidad a simple expectativa o a deseos banales. Todos los que beben de esta agua vuelven a tener sed. En otra línea, el pesimismo, el desaliento, el derrotismo, la abdicación anulan toda posibilidad de esperanza. No hay nada que hacer. Surge la desesperanza. El infierno de Dante.
 
La plegaria de los salmos sitúa el tema en su justo lugar: «Tú eres mi esperanza, Señor; he confiado en ti desde pequeño» (Sl. 71,5). La esperanza no elimina el esfuerzo y el trabajo. Los sitúa en su perspectiva adecuada. Requiere humildad y apertura al don. Cada persona lleva dentro de sí un conquistador, por eso se explican tantas guerras a lo largo de la historia. La grandeza reside en abrir el propio ser al don y compartirlo con los demás.
 
La esperanza necesita espera. Una dificultad tremenda para los tiempos actuales, donde se quiere todo de manera inmediata. Impera la cultura fast, la rapidez. La tecnología lo posibilita, pero el corazón tiene otros ritmos. El ritmo de Dios es contemplación, paciencia y apertura.