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Me había subido las escaleras para coger la bolsita con el pesebre nuevo, comprado el año anterior en la Feria de Santa Lucía: una Sagrada Familia con buey y mula -aunque el papa anterior se molestara en especificar que en el establo de Belén estos animales no sacaron la cabeza-; tres conejitos igualmente mansos, unos pastores con ovejas, una lavandera, una panadera, el Ángel y los tres reyes sabios encima de los camellos.

Unas figuritas de plástico coloreado, diferentes de la sencillez despojada de los Nacimientos de barro que habíamos colocado cada año, pero la austeridad del Nacimiento está garantizada: una caja de zapatos que forraremos con papel de embalar y quizás pintaremos será la caseta que acogerá a Madre e Hijo, el envoltorio de aluminio de una tableta de chocolate lucirá en forma de estrella; hojas de pino cogidas en el parque serán el mullido cojín a los pasos de camellos y pastores.

Coloco las figuras con un poco de prisa sobre la mesita, con la ilusión de compartir el pesebre con Nuria, de dos años. Le explico que el bebé es Jesús y la madre María, que ella bien conoce, y mientras ella las coge con voz admirada, me pongo a torcer las patas de los camellos que, inexpertos, parecen empeñados en desplomarse. Cuando finalmente aprenden a dar sus primeros pasos, todavía me toca enseñar a montar a los reyes, que se precipitan al suelo una y otra vez hasta que las piernas no se amoldan a las barrigas de los compañeros de viaje.

El estallido alegre de un beso me distrae del esfuerzo. Alzo la vista y veo como la pequeña ha inclinado a María sobre del Niño; le acaba de besar con todo el amor de una madre.

Nuria coge entonces a los tres conejitos y los dispone bien agrupados en el borde de la cuna de paja; parecen contemplarlo y darle calor y alegría. Y cuando le muestro a la panadera, me la coge y se apresura a "darle" un trocito de pan al pequeño recién nacido.

Yo pensaba que sería yo quien le explicaría a mi hija la historia del Belén, pero era una pretensión de más. Con la bondad inocente de un niño que ha vivido el amor, es ella ahora quien me la enseña a mí. Ya lo dijo Jesús, que son los niños los que nos muestran cómo llegar al Reino del Cielo: no necesitan las explicaciones eruditas de los que ya hemos olvidado cómo se da calor a nuestro pesebre.