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He recibido hace un par de días un correo electrónico de un cura recién operado de una afección grave. Me hace un comentario de Adviento que es toda una profesión de fe en Jesucristo: Jesús –dice– sabe que sin Él nuestros caminos son perdedores, sin sentido. Todo es incierto, estamos como malheridos, errantes. Quiere venir a hacerse encontradizo con nosotros para que sepamos hacia dónde tenemos que caminar: a su encuentro, invitados a la mesa del Reino de Dios.

Días atrás yo pensaba: tienes que hacer algo importante para que tu vida cambie y se haga bien amiga de Dios: que pase de dormida a vigilante; de ​​mediocre a deseo de cumplir en todo la voluntad de Dios; de ir tirando a vivir la caridad viva y atenta a todos y a los más desfavorecidos, así el Reino de Dios se hará cercano y estará en nosotros. Ahora, en el primer Domingo de Adviento, comprendo que debo seguir la gracia de este tiempo de Adviento: el gran don que es Dios mismo viniendo. Pero –es cierto– Él quiere mi cooperación. Quiere que salga a recibirlo. Esto lo haré viviendo el Adviento que se nos da.

Viento impulsor a la espalda, añadía mi amigo cura enfermo: viento que es Dios mismo ya que su Bondad es un impulso suave. Hay que decir algo parecido a lo anterior: Dios quiere que reciba con gozo su impulso. Que me ponga de pie y mire hacia arriba deseando mi liberación. Con Dios echamos fuera la codicia del dinero, los deseos malos (concupiscencia); el miedo de cada noche, el miedo de los ancianos, el miedo de los jóvenes... Todo esto nos lo dice la lectura segunda.

¿Puede haber oración sin un silencio receptivo?

Ayer, ante unos cristianos de Parroquia muy bien formados, me atrevía a señalar tres caminos evangélicos para salir al encuentro de Dios que sale a buscar a su Pueblo con amor, que viene hacia cada uno de nosotros y hacia mí con amor. Contaba tres accesos a Dios: 1º, la escucha o la lectura de la Palabra de Dios; 2º, la oración, sobre todo de los Salmos, y 3º, la caridad o amor de amistad con Dios y para todas y cada una de las personas con las que nos encontramos.

Tras la exposición del tema, en el coloquio, alguien ha dicho: ¿y el silencio? Yo he respondido que estaba en los dos primeros puntos: la escucha de la Palabra de Dios, raíz de la misteriosa y silenciosa revolución que ha culminado con el Papa Francisco, y en la oración. ¿Puede haber oración sin un silencio receptivo? Y ¿qué es el silencio? Es como una parada o disposición del alma a recibir todo lo nuevo que venga de Dios y de las personas buenas. Y es la atención alegre del alma a lo que Dios y los demás nos envían. En el desierto hay silencio y el viento dibuja en él los dibujos siempre nuevos que el viento dispone. En el alma, Dios, viento suave, dibuja una y otra vez su rostro. Es el rostro de Cristo.