Voleu rebre les notícies?

Subscriviu-vos al butlletí gratuït

 

En la presentación que hizo en Mataró, en Dòria Llibres, del libro Fent tentines per la vida (Ara Llibres, Barcelona, 2013), Nadal contó una anécdota muy ilustrativa. Un antiguo concejal de Cultura de Girona, que ya está muerto, después de hablar de esto y de aquello, le soltó: "Lo que pasa, Quim, es que tienes un cristianismo mal resuelto". Buena parte de esta narración de la infancia y la primera juventud de Nadal, como mínimo un capítulo, se dedica a explicar cómo se sirvió, y como se agotó (o disolvió), su cristianismo y, me atrevería a decir, de buena parte de gente de su generación.

No sólo por este aspecto, sino por muchos otros, vale la pena seguir los pasos y los paisajes del que después fuera alcalde de Girona, candidato a Presidente de la Generalitat y consejero de los gobiernos de Maragall y Montilla. Y, de hecho, muchas cosas más. Una de las cosas que más me gustan de Quim Nadal (y que me gustaban de Ernest Lluch, por ejemplo), es su capacidad para hablar con cierta autoridad de muchos temas, no sólo los más inmediatamente relacionados con la política. Con autoridad y rigor. Diría que me gusta esa capacidad y quizás quiero decir que la añoro en tantos y tantos casos...

Pero hoy me gustaría destacar el aspecto que comentaba. ¿Cómo es posible -pienso a menudo- que muy buena parte de hijos de familias católicas, nada franquistas, formados en el cristianismo más progresista y esperanzados con los aires de cambio del Vaticano II, sean más bien agnósticos? Seguramente, de explicaciones, hay muchas. El autor, después de hacer una muy envidiable relación de ​​títulos que le influyeron (algunos de los cuales los teníamos también en casa, véase pp. 105 y 145), cree que "toda la lógica de la importancia del hombre, y de la vida, todos los intentos de encarnar la religión en la vida de los hombres y en sus problemas y contradicciones, nos llevaba a una realidad diferente, un enfoque más racional de las cosas y menos ligado a la fe "(pp. 145-146).

La crisis de la transmisión

Algunos, como Vattimo, ven también en la secularización, en la disolución, la culminación de facto del programa cristiano. En este sentido, trasladar la fe de lo religioso a lo racional, de lo espiritual a lo más vital (incluidos "problemas y contradicciones"), de la gnosis a la historia, sería en realidad lo más parecido a la encarnación. Y los mecanismos simbólicos, grupales o narrativos que tienen todas las religiones serían, en el caso del cristianismo, absolutamente secundarios e, incluso, "transparentes". No quiero decir con esto, porque siempre me ha parecido una falta de respeto, que Nadal es un "cristiano que no lo sabe"; él sabe perfectamente qué es y qué no. Lo que quiero decir es que para los cristianos, lo importante no es "en qué crees" sino sobre todo "como vives", como ejemplificaba hace pocos días en Josep Maria Terricabras hablando de Panikkar, lo que ya se parecería más al relato de el autor.

Sin embargo, me gustaría hacer dos apostillas a esta, digamos, teoría. Una de ellas, la expone muy bien el propio Nadal, describiendo aquel tiempo de formación cristiana, scout y de oración, como "una etapa que nos ha marcado y mucho, que deja huella, cultura y memoria. Hay cosas que no se borran nunca más ". Efectivamente, uno de los peligros de la dissolución, de la "transparencia" necesaria de los símbolos (lo importante es lo que anuncian ifan presente, no lo que son) y de relegar a un segundo (o último) término los mecanismos propios de la religión y su tradición consiste en la incapacidad de transmitir esta huella, esta "cultura y memoria" y esta invitación a llenarse de "realidad" una vez nutrido de "fe". La primera objeción a Vattimo, más que a Nadal, sería ilustrada con los peligros de la crisis de transmisión, de la fe, claro, pero no sólo de la fe.

Por ejemplo: ¿cómo se llega a una reflexión así si no se ha mamado (y pensado) la tradición? Hablando de su etapa scout, dice ...

Visto con perspectiva, es muy probable que nos devorara la estética, pero también es verdad que, de al igual que el contacto con la naturaleza nos otorgó el gusto por las cosas del territorio y del paisaje, la ampulosidad de las ceremonias nos cultivaba el gusto por el orden y sentido ordenado d elas cosas, que adquirían un valor nuevo más llano si se contaban las abluciones o el incienso más como el recuerdo de las necesidades higiénicas de los templos antiguos que como la ampulosidad inútil deel poder de la Iglesia. (P. 117)

 

La crisis de la intimidad

La segunda cuestión que me evoca el relato de Quim Nadal tiene más que ver con los "olvidos" del Concilio Vaticano II, o de la época. Evidentemente, si la fe circula en el ámbito estrictamente racional, acompañado, sí, por toda unanueva sensorialidad (las palabras vernáculas del Evangelio, las canciones "modernas", una estética alejada de la tradición, unas oraciones tipo Michel Quoist , un deseo de "autenticidad" en lugar de la fe del carbonero ...), es fácil que desemboque en los lugares donde la razón tiene más razón de ser, valga la redundancia. En mi opinión, uno de los "olvidos" del que hablaba es el de la vida interior, el de la "intimidad con Dios", como decimos los creyentes. Como en una pareja, si todo lo que nos une pasa por el tamiz práctico, somos más bien socios que no amantes. Igualmente, ese encuentro con Dios "práctico" (e inexorable) que se produce en el descentramiento de cada uno hacia el otro, incluso para el otro más odiado, tiene su correlato, también inexorable, en la vida más íntima y profunda de cada uno. Me temo que la actual desaparición de la intimidad (en las redes sociales, en las conversaciones ...) tiene su prólogo en un cierto menosprecio (por burguesa?), por algunos, o simple olvido, por otros, de la generación anterior. Un tema mal resuelto, sí.

 

____________________

Foto: David Borrat / Diari Ara.

Nota: "fent tentines" se traduciría como "caminar haciendo vacilaciones, eses, o de caminar inseguro, como los bebés o los beodos; es intraducible. Por ello he optado, en el título, por "vacilaciones".