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La crítica (negativa) está de moda. Si alguien, además, hace autocrítica, ya riza el rizo. La ira, el enfado, la rabia, la indignación… son sentimientos políticamente correctos y que imperan por doquier. El mundo y la sociedad ofrecen numerosos motivos para disparar las alarmas emocionales y para elaborar sesudos argumentos que ponen al descubierto lo mal que andan las cosas. Fruncir el ceño, hacer una mueca de desaprobación, alzar la voz, la contracción muscular… son síntomas físicos de un malestar interior. 
 
¿Dónde reside el problema? Si alguien se concentra exclusivamente sobre lo negativo, lo que no funciona, lo imperfecto… se destruye y se desmotiva. Si lo pierde de vista, pierde sus raíces y se autoengaña. La utopía está al servicio de la mejora de la realidad. No hay que olvidar a ninguno de estos dos extremos para mantener una tensión de crecimiento y maduración. En el fondo, se parte de la vida como conquista. Una dimensión sustancial, pero no única. La vida también es don. Más aún, sobre todo es don y ante el don sólo cabe el agradecimiento y la responsabilidad. La tarea consiste en integrar la (auto)crítica y el agradecimiento.
 
La gratitud permite que florezcan sentimientos de paz, de gozo, de alegría. Implica tener una mirada abierta a las maravillas de la existencia, por discretas e insignificantes que parezcan. Existen motivos más radicales para ser agradecidos: el don de la vida, de la familia, de la fe, de la lengua, del lugar de nacimiento, de los talentos personales, de las amistades… Si la gratitud no se explicita, desaparece la conciencia de los bienes que hemos recibido sin ningún esfuerzo por nuestra parte. 
 
Alguna familia comienza la cena con un rito formidable. Cada uno de los que están sentados en torno a la mesa comparte con los demás algún motivo de agradecimiento por lo ocurrido durante el día. Hay que darle oportunidades a la gratitud. Hay tantas cosas buenas… Por esto, comenzar una comida con una bendición significa dar al agradecimiento a Dios el lugar que le corresponde. 
 
Antes de dormir, se puede revisar la jornada. Ver los fallos y los errores permite mejorar, pero dar gracias por los dones recibidos llena el corazón de paz. La gente sería más feliz si gozara por los dones recibidos y si no los diera por supuestos. ¿Cuántas personas se quejan si tienen alguna enfermedad? ¿Cuántas personas agradecen el hecho de gozar de buena salud? Para estar enfermo, basta que falle uno de los elementos de mi cuerpo. Para tener salud, todo tiene que ir bien y esto no es fácil. Es casi un milagro. Cuando una persona cumple los años, recibe las felicitaciones de su familia, de los amigos y compañeros, pero ¿agradece a sus padres el hecho de que a través de ellos haya recibido el don de la vida?
 
Como autor de esta columna, agradezco siempre a mis lectores que dediquen unos minutos de su tiempo a conocer mis reflexiones. Gracias.