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La última vez que fui al Museo del Prado compré un sencillo libro-guía, elaborado con motivo de las Jornadas Mundiales de la Juventud de 2011 con el objetivo de atraer el interésde sus participantes, jóvenes católicos de todo el mundo, por la pinacoteca de Madrid (una de ellas, de Caravaggio, como obra invitada). Y, sobre todo, de hacerlo a través de trece piezas que representan a la figura de Cristo, sobre las que se hizo un itinerario guiado. La Palabra hecha imagen. Pinturas de Cristo en el Museo del Prado, de Mª Luisa Gómez Nebreda, contiene una reproducción de cada una de estas piezas, con algunos detalles, un plano para su ubicación y un breve texto de la autora para situar rápidamente el autor, el contexto y, sobre todo, su significado dentro de la cristología. Muy sencillo, si queréis, pero también lleno de posibilidades apuntadas tanto en el terreno de la historia del arte, como el análisis pictórico, como en el de la reflexión sobre el sentido a través de la iconografía y su interpretación que se nos propone. Esta capacidad de síntesis es, quizás, el más destacado de este libro que hoy recomiendo.
 
Como digo, hay un montón de apuntes que podríamos seguir con entusiasmo. Pondré dos ejemplos. Al comentar El Lavatorio de Tintoretto (c. 1632), que para mí es como un gran acto teatral con varias escenas, la autora nos hace notar la relación del autor con los polígrafi, un grupo de intelectuales "que conjugaban en suspensión Escritos una religiosidad profunda con Situaciones vulgares de la vida cotidiana, trastronando el decoro social" (p. 62), una reflexión atinadasima de hacer en la escena donde Jesús lava los pies de sus amigos, invirtiendo toda jerarquía.
 
 
En otro momento, la autora se detiene ante el Agnus dei de Zurbarán (c. 1635-40), la alegoría de Cristo a través de un cordero bellísimo ante un fondo oscurísimo. La obra, entre otras cosas, permite ver el carácter alegórico de la figura de Cristo, lo que nos cuesta más en las otras piezas donde la figura central es Jesús. La autora nos explica de qué manera, esta pieza, "conecta muy bien con el neo-estoicismo de tinte cristiano que se introdujo en España a partir de 1600 y que impregnan la cultura literaria y artística del momento" (p. 77). Una corriente trascendental para el arte moderno que choca con dos tópicos: con el del Barroco del exceso, de una parte, y con el corte en la creatividad que supone el periodo contra-reformista, con Felipe II como emblema. Las dos cosas existen, claro, pero también su contrario, y aquí está la gracia. La aparente idea de que "el ser humano no puede ceder ante los sentidos, la pasión terrenal o el sufrimiento, sino que debe trascender a lo material y someterse a los dictados de Dios ", como describe la autora (íd.), se pinta curiosamente ante la oferta de una comida sabrosa, tierna. La oscuridad de fondo, parece decir Zurbarán, hace, de hecho, más brillante el blanco de la materia. Y la muerte del cordero, su sacrificio, hace más valiosa su vida, su carnalidad. Y la reducidísima gama de colores permite a su vez unainmensa posibilidad de matices.
 
Como el Prado es inalcanzable, este tipo de propuestas son una buena manera de sacar rendimiento en las visitas que podamos hacer. Y, por otra parte, las propuestas de itinerarios sobre el arte religioso en los museos, son también una oportunidad para caminar por los caminos que nos propone la iconografía, a menudo tan maltratada por idólatras (que no ven ningún camino más allá de la imagen) o por iconoclastas (que el camino que ven es absolutamente banal).
 
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Foto: Cubierta del libro, fragmento de El descendimiento de la Cruz, de Roger van der Weyden