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Domingo XXXII del tiempo ordinario. Ciclo C
Barcelona, ​​10 de noviembre de 2013

Los saduceos no gozaban de ninguna popularidad entre la gente sencilla de los pueblos.

Era un sector compuesto de familias ricas pertenecientes a la élite de Jerusalén, de tendencia conservadora tanto en su manera de vivir la religión como en su política de buscar alianzas con el poder de Roma.

Los saduceos negaban la resurrección. La consideraban una "novedad" propia de gente ingenua.

No les preocupaba la vida más allá de la muerte. A ellos les iba bastante bien en esta vida.

¿Por qué preocuparse de más?

Un día se acercan a Jesús para ridiculizar la fe en la resurrección.

Le presentan un caso absolutamente irreal, fruto de su fantasía machista.

Le hablan de 7 hermanos que se han ido casando sucesivamente con la misma mujer para asegurar la continuidad del nombre, del honor y de la herencia a la rama masculina de aquellas poderosas familias saduceo de Jerusalén.

Es lo único que les preocupa: el honor y la herencia.

Jesús critica su visión de la resurrección: ridículo es pensar que la vida definitiva cerca de Dios consista en reproducir y prolongar la situación de esta vida y, en concreto, estas estructuras patriarcales de las que se benefician los dueños ricos.

La fe de Jesús en la otra vida no consiste en una realidad tan ridícula y tan injusta.

"El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob no es un Dios de muertos sino de vivos. "

Jesús no puede imaginarse que a Dios se le vayan muriendo sus criaturas.

Dios no vive rodeado de muertos.

Y menos puede imaginar, Jesús, que la vida en Dios consista en perpetuar:
– las desigualdades,
– las injusticias,
– y los abusos de este mundo.

Cuando se vive de una manera frívola y satisfecha, disfrutando del propio bienestar y olvidando los que lo pasan mal, resulta fácil pensar solo en esta vida.

Puede parecer hasta ridículo alimentar otra esperanza.

Cuando se comparte el sufrimiento de las mayorías pobres, las cosas cambian.

¿Qué podemos decir de los que mueren sin haber conocido nunca:
– ni el pan,
– ni la salud,
– ni el amor?

¿Qué podemos decir de tantas y tantas vidas desgraciadas o sacrificadas injustamente?

¿Pensáis que es ridículo alimentar la esperanza en Dios cuando no hay nada más en qué esperar?

Con la muerte no termina la vida. La vida sigue adelante.

Y sigue sin las limitaciones propias de esta existencia.

¿Y por qué?

Porque habremos llegado a la Plenitud indestructible: Dios.