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Ahora que se acerca Todos los Santos, es corriente reflexionar sobre nuestras costumbres funerarios y, más especialmente, sobre las formas y la vigencia del culto a los muertos. El comentario semanal del libro que hago hoy lo dedico a Historia de la muerte en Occidente desde la Edad Media a nuestros días  (Ed. Acantilado, Barcelona, ​​2000), de Philippe Ariès (1914-1984), que también es autor, con George Duby, de la mangnífica Historia de la vida privada (Ed. Taurus). Ambos pertaneceen a la escuela historiográfica que basa sus estudios en la evolución de las mentalidades, más que en los hechos o gestas. El libro, que leí hace unas semanas, fue publicado originalmente en inglés en 1974 y recoge, además de un ensayo central de un ciclo de conferencias en la Johns Hopkins University, una seriede artículos complementarios aparecidos entre finales de los sesenta y principios de los setenta del siglo pasado. O sea, cuando nací yo (1968).

 
No sé si habéis observado estas dos tendencias que ahora explicaré. La primera tiene que ver con el profundo corte generacional que se observa entre la gente que por Todos Santos en el cementerio (al día siguiente es el Día de los Muertos). La generación de mis padres, por ejemplo, lo tiene perfectamente interiorizado. Basta con pasear por el Cementerio y encontrarte gente de esa edad hacia arriba, y no muy hacia abajo. Los de mi generación, por el contrario, no nos acercamos al cementerio a menos que nos tengan que enterrar (las familias, dice Ariès, ven en la incineración forma segura de escapar al culto de los muertos, p. 251) . Y no siempre. La otra es más evidente en internet y, un poco, en los funerales más 'elaborados'. Consiste en breves escritos de recuerdo donde el dolor pasa de puntillas y se ensalzan las virtudes, alguna anécdota explicativa y un deseo de "recuerdo". El "recuerdo" de los que quedamos es el único "cielo" permitido, en estos escritos. Bueno, no sé si se ha dado cuenta de que todos están escritos en segunda persona, como si el muerto nos pudiera escuchar. A mí me da un poco de impresión esta conversación de la que nos hacen partícipes, sobre todo si el que habla participa la idea de que "todo se ha acabado". Si se ha terminado, ¿por qué le hablas?
 
 
De la Edad Media hasta ahora
 
 
Nuestra relación con los muertos, así, dice mucho también sobre nuestra idea de la vida y sobre el sitio que en ella tenemos reservado a este fenómeno. Ariès ha estudiado el período de los últimos mil años, intentando descifrar los cambios casi imperceptibles de la posición de los hombres frente a la propia muerte y la de los demás. El autor, que sitúa el inicio del culto cristiano a los muertos en la formación de las nuevas ciudades medievales para venerar a los mártires (p. 35), describe este fenómeno desde la Alta Edad Media, con un poquísimo respeto por los cadáveres y con la idea de que hay un Juicio externo, pasando por la baja Edad Media, donde se ponen los cimientos de lo que más adelante sería la civilización moderna. El Juicio ya es más interno (p.110). Aflora un sentimiento más personal y de pérdida emparejado a una celebración de la vida y de lo que nos engancha. Aquí, la muerte es una especie de sensación de fracaso "una pasión de ser, una inquietud de no ser bastante", concluye el autor (p. 100). En su paso por la edad moderna, la muerte se convierte problemática, se le asocia al erotismo para expresar la ruptura con el orden "habitual", al tiempo que provoca movimientos en contra de esta idea, de rechazo del mundo. Y es en el Romanticismo cuando toma su tono más omnipresente. "La muerte se había convertida -pues no lo era antes- en el ámbito del desgarro y también d ela afirmaciones de los grandes afectos y los grandes amores" (p. 275). Con ligeras variaciones, esta idea llega hasta el último tercio del siglo XX, en plena sociedad posindustrial. La característica más elocuente, que nace en los Estados Unidos y que luego llega a Europa, es que la muerte se convierte en innombrable. No vamos al cementerio; se esconde la muerte inminente a los moribundos; ya no morimos en casa, sino en el hospital, como un "objeto clínico" (p. 294), lejos del mundo, escondidos (p 83 y ss.); morimos prácticamente solos y no rodeados de gente, familiares o no, como había pasado anteriormente; lloramos solos ya escondidas, como si fuera una masturbación (p. 87) ... todo se ha invertido.
 
"El moribundo ha dejado de tener estatuto porque carece de valor social", dice con crudeza Ariès. "El declive de las creencias religiosas y, en las religiones de salvación, el eclipse de la escatología, habrian privado de toda credibilidad a la chochez de un hombre ya casi anulada", escribe amargamente (p. 295). No tenemos explicación ante el trauma y, además, tendemos a concentrar la dignidad humana en los periodos más fértiles o productivos de nuestra historia. No quiero hacer ningún discurso demagógico hacia la banalización del aborto o la eutanasia en las sociedades más avanzadas, pero a veces me preocupa con la naturalidad con que lo aceptamos.
 
 
El gran tabú
 
 

Seguir este relato, como se puede imaginar, dice mucho de la evolución de la mentalidad humana occidental que hemos ido incubando hasta llegar al actual tabú sobre la muerte, "una característica estructural de la civilización contemporánea" (p. 257) . Y, al mismo tiempo, permite descubrir fácilmente cuáles son las trampas que nos hacemos a través de este nuevo tabú y el de la enfermedad, por tanto, del nuevo trauma no tratado (ni por la religión -es decir, debido a la secularización y cierto silencio de los hombres de Iglesia al respecto, p. 291-, ni por la cultura, ni por la familia , ni por la política), que nos deja bastante desamparados ante una experiencia inevitable propia y ajena. "Me están privando de mi muerte", pone en boca de un caso (p. 283) y se pregunta si hoy no hay una relación entre la "crisis de la muerte" y la de la individualidad (p. 268). Para evitar el "drama" nos lo tragamos. El autor aporta un dato curioso, a más tabú, menos supervivencia de los viudos y viudas al año de serlo (p. 88).

Dice Ariès que, contra lo que se piensa, las visitas al cementerio no son "de toda la vida". Y en el origen ni siquiera interviene la Iglesia sino todo lo contrario. La expulsión de los cementerios dentro del espacio urbano, a causa de una lógica pasión higienista, tiene su correlato en su regreso en pleno Romanticismo, ayudado por el ansia de reconocimiento individual de las nuevas corrientes ilustradas. Además, se observa una tendencia a partir del siglo XVII en ignorar la propia muerte y en centrarse en la de los demás. "Decíase en el siglo XVIII: que no del haya Ciudades con cementarios. A finales del siglo XIX se dirá: no del haya ciudad sin cementerios", resume el autor (p. 206). Así "asimilado en igual Grado miedo las iglesias cristianas y por los materialismos ateos, el culto a los muertos se ha convertido hoy en día [1966] en la única manifestación religiosa común a los no creyentes ya los creyentes de cualesquiera confesiones", añade (pp. 210-211).

 
Ahora, el silencio (o la avalancha de palabras con que se disimula en cualquier despedida de un muerto), también nos es común.
 
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Foto: Esquelas en Asís  (mía)