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Diversos medios de comunicación, con motivo de las beatificaciones celebradas en Tarragona, me han formulado la pregunta sobre si la Iglesia debía pedir perdón por su papel en la guerra civil y su vinculación con el franquismo. En línea con Juan Pablo II, creo que sí. Es necesario hacerlo en profundidad, sinceramente, por convicción propia, a fondo, aunque otros no lo hagan y de una vez por todas. Se trata de un medio para un objetivo: la reconciliación. Las recientes beatificaciones han evidenciado una vez más que las heridas siguen abiertas.
 
Las presiones han venido de todas partes. Con insistencia. En unos casos, con transparencia y buena intención. En otros, con agresividad. A veces, con la desfachatez de quien tiene las manos manchadas y quiere limpiar las ajenas. A veces, impulsados por un anticlericalismo tronado. Las víctimas beatificadas, en un clima eclesial de perdón y reconciliación, no quedan invalidadas porque después se produjeran otras víctimas por otros motivos y por otros verdugos. El criterio indefectible: nunca se equivoca quién opta a favor de las víctimas, siempre que reconozca a todas las víctimas sin excepción. Me he planteado dos cuestiones: ¿por qué la Iglesia sufre más presiones que ninguna otra institución? y ¿por qué no se reclama a quien tiene mayor responsabilidad para solucionar el problema?
 
Jordi Albertí, en su libro El silencio de las campanas, afirma: «Había un claro objetivo: destruir la religión, el más doctrinal de los tres poderes que había que desmantelar —capital, ejército e Iglesia— y que era, al mismo tiempo, el que desde un punto de vista material resultaba más vulnerable y que, además permitía una presencia en todo el territorio, ya que no había pueblo ni vecindario sin iglesia, ermita, santuario o monasterio» (pág. 374). El objetivo era, según este autor, «obtener el poder social necesario para implantar la tan predicada revolución comunista libertaria, el comunismo ácrata». La historia se repite. La Iglesia sigue siendo vulnerable. Me sorprende que no se pida lo mismo y con la misma insistencia al capital y al ejército, tan bien tratados por la izquierda y por la derecha. Basta ver el rescate de los bancos, el incremento de los ricos y el capítulo de los presupuestos. Me sorprende que los poderes públicos hagan tan poco en este campo. Si son incapaces de devolver los papeles de Salamanca, ¿cómo se puede obtener de ellos decisiones que afecten a las víctimas? ¿Todos los partidos políticos han pedido perdón por la violencia extrema en esa época? ¿Todos ellos se han distanciado de la dictadura?
 
Una vez la Iglesia pida perdón, algo que ha hecho tímidamente en algunas ocasiones, el problema de las víctimas sigue vigente. ¿Están haciendo algo los poderes públicos en este sentido sin caer en el sectarismo? Una herida que no cicatriza permanece abierta y duele. En estas estamos. Mientras haya vencedores y vencidos no habrá reconciliación, que es la medicina que necesitamos.