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Lucio Alfert conduce con seguridad el Toyota recorriendo los trazos rectilíneos de las carreteras de tierra en el Chacho paraguayo, el llamado desierto verde. Nuestra conversación es fluida y constante. El conductor es un misionero oblato de María Inmaculada y obispo del Vicariato Apostólico del Pilcomayo (Paraguay). Vamos camino de Pedro P. Peña, una misión perdida en la geografía. La visión pastoral del obispo es clara: «Nosotros, los cristianos, debemos llevar el anuncio de Jesucristo, que se encarnó en este mundo, desde un diálogo profundo y respetuoso. Por eso nosotros llamamos pastoral a todo. Nuestro objetivo en el Vicariato es lograr la formación de comunidades autóctonas cristianas que se hagan responsables de su propia vida en todos los aspectos.» Este viaje remonta a cuatro años atrás, el 2009. Me impresionó la importancia que daba a las comunidades cristianas, a las parroquias… Su presencia en ellas se concretaba en asumir un papel de animador. Quería fortalecer a las comunidades y a sus líderes, sin que su misión de obispo les eclipsara. 
 
¿Cómo construir comunidades cristianas dinámicas y comprometidas? Una primera exigencia es poner a Jesucristo como su fundamento. No siempre es fácil porque interfieren elementos que pueden distorsionar su sentido profundo. Las dificultades existen. El papa Francisco ha apuntado el clericalismo como una de las tentaciones del discipulado misionero: «El cura clericaliza y el laico le pide por favor que lo clericalice, porque en el fondo le resulta más cómodo.» En Cataluña, un poco como en Europa en general, la disminución del número de sacerdotes presenta nuevos desafíos. Si las comunidades cristianas son fuertes, la pastoral está garantizada. Pero no siempre se ha trabajado con esta perspectiva. Muchas veces los cristianos laicos, hombres y mujeres, se han convertido en consumidores pasivos de los servicios prestados por los sacerdotes, pero no han asumido su propia función eclesial. No se lo han favorecido para nada, pero tampoco lo han reclamado. Construir una comunidad parroquial es tan apasionante como arduo. Los egos también funcionan y el riesgo de fragmentarse por intereses siempre está presente. Creo que, en estos momentos, construir comunidades cristianas, abiertas y comprometidas, constituye la máxima prioridad pastoral. Quizás tengamos que mirar a los países de oriente para darnos cuenta de que algunos catequistas mantuvieron durante muchos años comunidades vivas sin sacerdotes. La reestructuración de parroquias y los planes estratégicos pueden servir, pero el meollo de la solución pasa por abrirse a la fuerza del Espíritu, aglutinar a la comunidad en torno a la persona de Cristo y asumir cada uno a fondo su misión evangélica en la Iglesia.