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Como nunca nos cansaremos de decir, el acto más irrepetible y propio de la fiesta mayor de mi ciudades la Misa de las Santas , una obra musical de primera categoría que se interpreta en el oficio solemne de la festividad de las santas Juliana y Semproniana, patronas de Mataró, cada 27 de julio. Estrenada en 1848, el mismo año que llegaba el primer ferrocarril de España a Mataró, en un siglo XIX de grandes cambios en una ciudad como esta, industrial de primera hora, se ha representado casi cada año hasta hoy. Con un coro popular, con orquestación y cuatro solistas.
 
Creada cuando aún las Santas no eran patronas (lo fueron poco más tarde después de un referéndum por la presión popular) e influida notablemente por belcantismo de su tiempo, se nos presenta hoy, al menos, como un triple testimonio. En primer lugar, como en misa de gloria que sobrevivió, gracias al permiso papal, a su desaparición en los templos católicos de los sonidos digamos alegres. En segundo lugar, como nos ilustró magníficamente Joan Vives hace pocos días en la sede de Òmnium de Mataró, como testigo musical de un período que es tratado por los musicólogos como 'decadencia'. Y, en tercer lugar, como símbolo, como pieza artística que nos traspasamos las generaciones de mataronenses, sabiéndola única, para celebrar que nos ha tocado vivir juntos, eso que tantas veces maldecimos.
 
 
No sé si, eso, en general, lo apreciamos lo suficiente. Por varias razones. Por ejemplo yo, muchas veces, había oído decir de la misa que era un palo, larga -sobre todo larga. O había oído hablar de ella con condescendencia, que se incrementaba al ver unos añejos señores encargados de administrarla. O, como es obvio, inquieta a más de uno el hecho de que se trate de un culto religioso. En vez de verse como una ventaja poder oír la misa en su contexto litúrgico, para el que fue pensada (y, por tanto, que la hace viva), a menudo se interpreta como un estorbo, propio de una sociedad que aún no ha sabido encontrar el lugar de la religión, algo que ya debería estar más que normalizada. O, también ocurre que no casa con los tiempos hipermodernos esta propuesta: música cláica, misa solemne, tributos al pasado, una cultura de la que no se puede sacar rendimiento, tres horas de duración o el propio acto litúrgico que toda una generación (o más) ya no sabe ni qué narices se hace van claramente contra la moda.
 
 
Sí, está muy bien innovar o mirar que los chicos que van a la Nit Boja, una cadena indescriptible de pasacalle masivo, fuegos y rociada con miles de participantes, no lo hagan borrachos. Pero encuentro que ahora deberíamos esforzarnos por creernos más que esta pieza es fundamental para las Santas y por la ciudad. Que los lazos con el pasado, al menos si son como éste, vale la pena mantenerlos y procurar conocer qué nos pueden decir, hoy. Darle más importancia pasa por creérnoslo más todos los implicados. Los ciudadanos, en primer lugar. O los medios (no puede ser que no conocieran el nombre del obispo auxiliar que presidía la ceremonia, por ejemplo). O los propios responsables de la Iglesia, cuidando mejor el protocolo, mirando de rebajar rellenos inútiles (como las indicaciones para comulgar, eso sí que el Papa debería prohibir), y no mirarse la misma, como algo me parece que hace, como una especie de añadir it litúrgico. No. El canto de pueblo pidiendo que la paz venga al mundo, celebrando la gloria de la vida más allá de la muerte, elevando a canto de los ángeles la humildad humana de lo que pide piedad y perdón... esto es liturgia de primera. De la que seduce en el oído, como dice la Bilblia que Dios hace (Is, 50, 5).
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Vídeo: Resumen de Misa de las Santas (2010), por Jordi Cuyàs