Voleu rebre les notícies?

Subscriviu-vos al butlletí gratuït

Cuando se piensa sobre la misa, se suelen utilizar criterios de valoración simplistas y reductores. Hay quien se fija en el seguimiento de las normas litúrgicas. En vez de hablar de su sentido teológico y espiritual, se concentra en los ritos. Otros reducen la misa a la homilía. Evalúan, casi siempre con espíritu crítico, su longitud, contenido y método utilizado por el celebrante. ¿Es un momento de escucha o de desconexión por parte de la gente? Hay quienes ven la misa desde la óptica estadística para indicar si un cristiano es o no practicante. Surgen muchas preguntas. ¿Cuántos de los asistentes acuden sobre todo para cumplir el precepto dominical? ¿Cuántos reducen su plegaria de la semana a la misa dominical sin otro tiempo para la oración personal, familiar o grupal? ¿Cuántos piensan que se trata de resolver una necesidad individual? Basta ver los feligreses que asisten desperdigados a lo largo y ancho del templo, cada uno a lo suyo. ¿Cómo se preparan los cantos: selección, ejecución, contenido y belleza? Quienes proclaman las lecturas, ¿se les entiende, vocalizan, saben lo que leen, se han preparado antes? Cuando se hace la colecta, ¿se aporta, poco o mucho, pero significativamente? ¿Cuántos viven la misa para alimentar su espíritu con la Palabra de Dios y la comunión del cuerpo (y la sangre) de Cristo? No hay que ser negativo, pero hay que abrir los ojos. La respuesta la tiene cada uno en su interior.

No obstante, no parece descabellado creer que hay que repensar la misa. La eucaristía se vincula a la persona de Cristo, pero se vive en comunidad cristiana. ¿Puede haber misa sin que la asamblea sea y se sienta comunidad? «Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). ¿Nos sentimos convocados por el Señor o cada uno va a lo suyo? La presencia real de Cristo tiene varias dimensiones: la Palabra, el Pan y el Vino, la Comunidad y los Pobres. Si no se viven todas estas dimensiones a la vez, es que quizás no se vive ninguna. Construir comunidad es un camino eucarístico de gran calado. ¿Se favorece la participación, la integración de las personas que acuden a la parroquia? ¿Quizás las parroquias también tendrían que plantearse su inmersión lingüística para que la comunidad no se fragmente en grupos por lenguas? Como Tomás, como la hemorroisa… hay que tocar a Cristo. Si la misa no es manera de experimentar el contacto real con Jesús y con los demás… ¿de qué estamos hablando? ¿Qué papel tienen los laicos, hombres y mujeres, en la celebración eucarística? En vez de proliferar horarios, ¿no habría que coordinarlos con las parroquias cercanas para potenciar más las misas que se celebran? ¿Se puede encontrar en internet una información fiable de los horarios de misa? El momento culminante de la comunidad cristiana no podemos dejarlo a la improvisación o a la rutina.