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La expansión del budismo y del hinduismo en Occidente y la búsqueda de la espiritualidad oriental a través del yoga, del zen y de la meditación trascendental han ocasionado un auge de la práctica de la meditación. Hoy se realizan numerosas propuestas de cursos, seminarios y talleres para aprender a meditar. Hay quien se pregunta, desde el ámbito cristiano, si existen prácticas similares en las comunidades cristianas y si se pueden encontrar en la tradición eclesial orientaciones y métodos sobre la meditación. Se ha prescindido demasiado a la ligera de una práctica que, bien utilizada, enriquece la vida espiritual de los cristianos. Un importante sector ha reducido la vida de plegaria a la asistencia a la misa dominical, fuera de la cual no realiza otras prácticas de oración. Hay que abordar este tema con seriedad si se quiere ayudar a tener una vida cristiana más plena y nutritiva. ¿Existe una meditación específicamente cristiana? Si es así, ¿en qué consiste? ¿En qué se diferencia, por ejemplo, de la meditación budista? ¿Puede complementarse con las prácticas orientales? ¿Conviene entregarse a la meditación como camino para progresar en la vida espiritual?
 
La meditación opera en la dimensión mental de la persona. La respiración, la postura física, los ojos cerrados… son recursos para adentrarse en el mundo de los pensamientos y aquietarlos para que no discurran en la vorágine de caos. Produce efectos psicológicos beneficiosos porque se favorece el acceso a la conciencia, se afronta el vacío y se depuran los pensamientos mecánicos. Los sentidos nos abren al mundo exterior. La meditación, en cambio, nos sumerge en el interior, desde donde la realidad se percibe de otro modo. La neurociencia explica la función terapéutica que la meditación produce en la persona para flexibilizar la óptica de la vida desde la libertad. Entender los mecanismos mentales resulta útil, se convierte en una ayuda extraordinaria, pero insuficiente. El cristianismo valora la meditación como paso propedéutico para un bien superior. En la práctica de la lectio divina, existen cuatro fases:lectio, meditatio, contemplatio y oratio. El pensamiento (meditatio) se convierte en prolegómeno del amor (contemplatio). Santa Teresa de Jesús lo resume con claridad: «Es bueno discurrir un rato, pero que no se vaya todo el tiempo en esto, porque la sustancia de la oración no está en pensar mucho, sino en amar mucho y amar es complacer a Dios en todo.» Los monjes y las monjas de los monasterios y otras personas espirituales pueden acompañar en este camino. Sirve como guía quien practica primero aquello que transmite. Cuando Jesús se pierde en el templo, María no entiende su respuesta. El evangelista añade: «Su madre conservaba todo esto en su corazón» (Lc 2,51). Hay un momento en que la meditación se abre al misterio y entonces sólo queda espacio para la contemplación y el amor.