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Siempre ha habido mendigos en la calle, pero ahora han aumentado en número de manera claramente perceptible. A veces, se colocan en actitudes humillantes. Unos, de rodillas, abatidos, aguantando un pequeño recipiente en la mano para recoger las monedas. Otros, con un cartel, en el que, haciendo caso omiso de la ortografía, exponen su drama personal. Unos cuantos, con sus pertenencias escasas y sucias, llevan todo su ajuar consigo. También piden limosna. Hay quien se atreve a pedir un bocata porque confiesa tener hambre. Alguno muestra sus extremidades deformes para suscitar compasión y obtener así una ganancia. Al verlos, los viandantes pasan a su lado y se mueve en su interior una serie de registros mentales y emocionales de lo más variado: indiferencia, sufrimiento, actitud generosa, pensamiento crítico, rechazo, desconfianza, sentimiento de culpabilidad, mirada compasiva… Deterioran el paisaje de la ciudad, porque introducen una pincelada de sufrimiento y una imagen poco estética. Pero es la realidad humana que aflora. Los argumentos tradicionales ya no sirven. La crítica fácil contra ellos ha perdido vigencia. Llamarlos vagos e invitarlos a trabajar, ahora sonaría a sorna. Ni siquiera tienen trabajo quienes acumulan licenciaturas y másters, que están en las listas del paro y acaso sueñan con una «movilidad exterior», eufemismo ministerial para indicar la fuga masiva de jóvenes que no encuentran futuro en su propia tierra. Los mendigos, por el contrario, acaso sin estudios, se adentran en un callejón sin salida. No pueden soñar, porque todas sus energías se consumen en sobrevivir.
 
Detrás de cada uno de ellos, hay una historia. Todos ellos tienen un nombre. Instalados en la marginación, viven en soledad por la carencia de afecto. A veces, el sonar de las monedas en sus recipientes alimenta su supervivencia, pero hiere su dignidad. No siempre hay cariño, respeto… Recibir no es nada fácil, pero tampoco lo es dar en estas condiciones, en las que se mezcla la bondad con la mala conciencia de ser privilegiados. Todo un panorama de impotencia. Veo la policía nacional protegiendo edificios en una manifestación, pero ¿quién protege a estas personas pobres y marginadas? 
 
Mientras, los causantes de esta crisis que agudiza tantos dramas humanos viven cómodamente en sus casas. Su codicia, su afán de enriquecerse con rapidez a cualquier precio, ha condenado a la miseria a millones de personas. Quienes tienen la responsabilidad de dar solución a los problemas, prefieren proteger a los bancos, alimentar candidaturas olímpicas, extender la red del AVE, recortar pensiones… El FMI admite ahora que las medidas de austeridad dañan más de lo que ayudan. Los efectos secundarios de su medicina son peores que los beneficios que prometen.
 
Los mendigos proliferan, los demás no somos conscientes de que podemos acabar igual. Cáritas y las organizaciones solidarias representan un oasis de esperanza. No todo está perdido.