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Pensar el futuro es una condición sine qua non pero no suficiente para que sea luminoso. Vivimos inmersos en una enorme perplejidad porque en pocas décadas hemos pasado de la «lucha por la dignidad» a una «indignación generalizada por la proporción, ámbitos, protagonistas y efectos de los fraudes, desequilibrios y agresiones. Conscientes —al mismo tiempo— de la limitación y necesidad de la praxis ética, no nos hemos quedado cruzados de brazos y hemos procurado buscar respuestas a nuevas situaciones: «ética dialógica», «ética de mínimos», «nética» o «ética hacker», «educación para la ciudadanía»... Nuestros analistas hablan de la vivencia de unos «valores blandos» por su flexibilidad y versatilidad en una sociedad en la que reina el individualismo que rehuye la estandardización mediante la personalización en la manera de aplicarlos.
 
Conviene una «ética del buen futuro» o «futurética», impregnada por la voluntad y la actividad de construir un mundo diferente, un mundo mejor. Una ética centrada no tanto en una disciplina ni en la galaxia de los valores, sino en el aprendizaje de las capacidades y las competencias éticas, y el compromiso que se deriva de ello. Polarizada por la seducción y la responsabilidad de un nuevo desarrollo que suponga una manera diferente de crecer. La ética del buen futuro parte del optimismo antropológico que fomenta la consecución de metas, estimula el pensamiento positivo y la esperanza. Se apoya y prioriza la responsabilidad de los actos propios y sus consecuencias, de la herencia a las nuevas generaciones, de la investigación científica, y de la dimensión social, económica y cultural de toda institución. Una ética consciente de la necesidad de un largo período formativo en el que la familia, la escuela y, especialmente, la universidad, tienen un rol básico. Durante la formación universitaria es cuando los jóvenes van configurando su talante como ciudadanos, profesionales o científicos. Éste es un escenario de excelencia por el tempo y la misión universitaria. Una ética, por otro lado, de la sostenibilidad personal, ecológica, empresarial y urbana, y, por tanto, de la calidad y no cantidad, de la reinvención a través de la innovación y creatividad. Con límites al gasto, producción y beneficio y, en consecuencia, con un claro proceso de aprendizaje ante los límites ya desde pequeños. Una ética que no tenga ni miedo ni vergüenza en focalizar la acción hacia el bien y la bondad. La ética del buen futuro requiere de la memoria para no perder en ningún momento aquellas referencias que nunca se tendrán que repetir.
 
Una ética, en definitiva, inclusiva y que sume fuerzas y argumentos, pero, especialmente, que ponga en el centro de la persona y las personas, su desarrollo integral y el bien común, y que identifique a los pueblos del mundo y nuestro siglo por el compromiso por el ethos.

Publicado en Catalunya Cristiana, núm. 1760, de 16 de junio de 2013, p.11.