Voleu rebre les notícies?

Subscriviu-vos al butlletí gratuït

En la conversación cotidiana, soberbia y orgullo son dos palabras que han conseguido presentar muchas veces una cara amable. Una madre dice: «Estoy orgullosa de mis hijos.» Un espectador afirma: «El tenor ha estado soberbio.» Afirmaciones como éstas pueden ocultarnos la realidad. Los buenos conocedores del alma humana hacen un diagnóstico sin paliativos. Bien lo sabían los antiguos monjes. Gregorio Magno no habla a medias tintas: «La raíz de todos los males es el orgullo.» Estamos tan inmergidos en esa enfermedad que ni nos damos cuenta de sus perniciosas consecuencias. 
 
La sociedad competitiva confunde autoestima con orgullo. Cualquier triunfo en el campo académico, deportivo, artístico… sirve para que las personas se sientan superiores a los demás. Los orgullosos ni siquiera han de demostrarlo. Ser consciente de los propios valores y talentos es bueno, pero considerarse por encima de las demás personas aleja de la realidad. La soberbia provoca rechazo. Por el contrario, la humildad brinda encanto y cercanía.
 
La humildad es la virtud que sirve de antídoto contra el orgullo. Su etimología procede de humus (tierra). El humilde no vuela por los aires, sino que está bien asentado en el suelo. Según el diccionario, es la virtud que consiste en el reconocimiento de las propias limitaciones y debilidades, en el actuar según este conocimiento. Como virtud se aleja de las dinámicas de superioridad, de importancia, de ambición personal, de lucha por el poder, de seducción manipuladora. Como dice santa Teresa, «la humildad es la verdad.» Entendida como complejo psicológico conduce al empobrecimiento de la persona, a la renuncia de objetivos válidos, a la falta de formación intelectual y humana. Se ha de saber discernir. Jesús es benévolo y humilde de corazón, pero en ningún caso una persona acomplejada. Anuncia el Reino de Dios, denuncia los abusos de los poderosos, está siempre cercano a los sencillos y pobres y, cuando es necesario, se juega la vida. Nunca se deja llevar por su ego. El humilde reconoce sus limitaciones y las acepta, pero no por ello se resigna. No quiere posicionarse por encima de nadie. Respeta la dignidad de los otros y no se deja arrastrar por su fama ni por el atractivo de la gloria humana. Trata con la misma delicadeza al rey que al mendigo. No se defiende inútilmente de las críticas. Las escucha para descubrir qué tienen de verdad. Colabora, no domina. Sabe dar y sabe recibir. Comparte. ¡Es tan fácil creerse mejor y más importante que los demás! ¡Que engaño! El humilde es respetado y amado. No puede bajar jamás la guardia, porque a la primera oportunidad reaparece el orgullo que se presenta como un monstruo de siete cabezas o el ave fénix, que renace siempre de sus cenizas. La humidad no se enseña a partir de tratados teóricos, sino con el ejemplo de la propia vida.