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Una (aparente) democracia es peor que una dictadura. La dictadura no engaña ni necesita hacerlo. Por ejemplo, prohíbe una lengua en el ejercicio de su poder absoluto. Aplasta la resistencia, si se produce. Todo el mundo sabe a lo que juega. Una democracia, en cambio, debe guiarse por el respeto a la diversidad y a las minorías. Cuando utiliza el poder legislativo y judicial para liquidar, por ejemplo, una lengua en nombre de la democracia, se comporta peor que una dictadura. Traiciona su esencia y justifica mediante la legalidad sus actitudes inmorales. Las formas pueden ser democráticas, pero el fondo obedece a la peor de las dictaduras. Se produce así la defunción del logos y la perversión democrática.
 
El PP, respecto a la lengua catalana, es una muestra de ello. Se trata de un proceso con muchos hitos: cambio de denominación de la lengua buscando el enfrentamiento interno, destrucción de la unidad lingüística del catalán en los archivos de la biblioteca nacional, ataque constante y frontal a la inmersiónlingüística, desprotección de la misma por los instrumentos del Estado, bloqueo de su reconocimiento en Bruselas,reducción del ámbito de difusión de TV3, arrinconamiento de su uso, incluso topónimo, en las Baleares, nueva ley de educación… Un proceso que no se va a detener, sino a intensificar. El caso más reciente se ha producido en el Parlamento aragonés. En un nuevo texto legal, el catalán pasa a denominarse «Lengua Aragonesa Propia del Área Oriental». El pueblo, más inteligente, la ha bautizado como LAPAO. La vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, de acuerdo con los mecanismos de la (aparente) democracia, manifestó su respeto por la regulación de la lengua aragonesa propia del Área oriental LAPAO. Respeta la regulación, pero no respeta la lengua. El ministro Wert resumió el proyecto del PP: «Españolizar a los alumnos catalanes.» El objetivo no es que el castellano comparta espacio con el catalán, sino que lo sustituya reduciéndolo a un anacronismo. El 12 de mayo, asisto en el Vaticano a la canonización de Laura Montoya y Upegui, la primera santa colombiana. Tengo a mi lado a un sacerdote de ese país. Le pregunto con admiración por la nueva santa, que comprendió la dignidad humana y la vocación divina de los indígenas y que quiso insertarse en su cultura y vida cotidiana. Me dice: «No sabes cuánto me gustaría poder conectar con mis raíces, recuperar la lengua de mis antepasados que fue aniquilada por el castellano.» No está contra el castellano como lengua, sino contra la aniquilación de la suya que llevaron a cabo los invasores. Ante el silencio vergonzoso de los (pretendidos) intelectuales, que nunca serán tales si supeditan la verdad a miedos o intereses, la independencia tiene un nuevo argumento. Las lenguas no sufren, si tienen detrás un Estado que las apoya. Una autonomía es insuficiente. El catalán necesita otras estructuras.