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Si tuvieramos que resumir el sentimiento por estos últimos tiempos que está viviendo la Iglesia con una palabra diríamos: Alegría! Hemos vivido con una gran alegría la elección, entronización y progresivo conocimiento del papa Francisco. Confieso que no entiendo mucho de la Curia del Vaticano, ni sabría explicar qué cambios internos se deberían hacer. Por lo que dijo Benedicto XVI alguna renovación será quizás necesaria. Por mi parte no tengo expectativas de cambios doctrinales, ni de reformas espectaculares. Sí creo que puede haber una progresiva evolución siguiendo las lógicas de los tiempos. Pero, ¿de dónde viene esta alegría? ¿En que se fundamenta? Trataré de explicarlo.

El papa Francisco tiene una forma de comunicar, una manera de acercarse a las personas, sean más importantes o menos, y una expresión personal muy identificables. Lo sentimos cercano porque tiene ese sentido del humor sano que hemos podido conocer en religiosos que hemos tratado, o en curas de parroquia, un tono alegre, distendido, cordial, con este distanciarse un poco de su rol importante y poner en primer plano al otro. El Papa Francisco pone por delante las personas, si es necesario rompiendo el protocolo. La Iglesia con Francisco se hace más identificable y reconocible por lo que en realidad ya es, por este estilo personal y llano. Esto lo acerca a la gente, los propios católicos y quizás también a personas alejadas de la Iglesia. Ello no está contrapuesto a su altura intelectual.
 
Por otra parte con sus gestos da buena muestra que se pone al servicio de los demás, sus hermanos obispos y cardenales, y al servicio de Roma y de todo el pueblo de Dios. Con estos gestos la Iglesia se sitúa en una posición de mayor humildad. En una frase lo expresó así: "Una Iglesia pobre y para los pobres". El servicio a los demás, a los más necesitados, se pone por delante, adoptando explícitamente posiciones inequívocamente evangélicas que son comprensibles para todos, y acercando mejor en el mundo de hoy la figura de Jesucristo. Los tiempos cambian y las circunstancias y los tiempos marcan el talante que seguramente hay que seguir en cada época. Seguramente Francisco es el Papa que necesita el mundo de hoy para acercar Jesucristo a las personas, otros tiempos habrían tenido otras lógicas.
 
Su mismo nombre hace que inequívocamente se abran unos tiempos nuevos para la Iglesia. El Dr. Salvador Pié en la hoja dominical última titulaba un escrito con la siguiente frase: "El nombre de Francisco, todo un programa Eclesial". Estos signos y gestos, este estilo, son consustanciales a este pontificado y a nuestros tiempos y un nombre lo sintetiza: Francisco. Nunca un Papa había tenido por nombre Francisco. Lo que voy a decir quizá sea un deseo, pero lo veo posible: Tal vez Francisco propicie la tan necesaria aproximación de dos realidades de la Iglesia que a veces han parecido seguir direcciones diferentes: La curia y la Iglesia-organización por un lado y los valores evangélicos y pueblo de Dios por otro. Cuántas veces hemos oído cristianos decir algo así como: "soy cristiano pero no me identifico con la parte institucional de la Iglesia"... Tal vez con Francisco pueda haber una mayor experiencia de unidad. Recordemos que sin unidad no hay amor.
 
Alegría pues por el nuevo Papa. Un jesuita, un religioso, un cardenal proveniente de una ciudad cosmopolita y diversa, un pedagogo y pastor, un hombre preparado y coherente, que habla claro, de un país periférico, y de lengua española. Tal vez será un Papa que sabremos interpretar mejor, más cercano culturalmente a las coordenadas de nuestra Iglesia. Nos lo podremos hacer más nuestro, de todos. El Papa Francisco nos ha sorprendido pero también nos interpela. Habla muy claro: "Si no hablamos de Jesucristo esto no funciona".