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Siempre han estado activos, pero en los últimos tiempos se movían con discreción. Preferían influir desde la sombra y, si hace falta, desde la delación. Ahora las cosas han cambiado y se sienten llamados a convertirse de nuevo a la vista de todos en guardianes de las esencias. El control es su afán y el culto su exclusiva. Las primeras voces se han dejado oír. El estupor que les han producido determinados gestos del Papa se ha convertido en juicio y desaprobación. Su reacción actualiza numerosas páginas del evangelio donde se destaca el enfrentamiento de los fariseos contra Jesús. Unas rúbricas litúrgicas y una bendición han bastado para desatar la caza. Unas rúbricas que reservan el lavatorio de los pies en exclusiva para los hombres. El Papa, en la ceremonia del Jueves Santo, celebrada en el Instituto Penal de Menores Casal del Marmo en la Zona Monte Mario de Roma, lavó los pies a doce internos de diferentes nacionalidades y religiones, entre los cuales a dos mujeres, una católica y otra musulmana. Demasiado para los fariseos, que rechazan este gesto con mueca de escándalo. Siempre defienden —y no siempre practican— la primacía de la ley, sin darse cuenta de que el papa Francisco no menosprecia la ley, sino que la jerarquiza. El amor, el anuncio del perdón, la cercanía pastoral de hacer llegar las caricias de Jesús a personas que se encuentran en las fronteras del sistema, son más importantes que las rúbricas litúrgicas, que merecen respeto, pero acaso algunas de ellas también revisión. Un fariseo invitó a Jesús a comer a su casa. Una mujer unge los pies de Jesús con perfumes y lágrimas. El anfitrión piensa: «Si este hombre fuera profeta, sabría qué tipo de mujer lo está tocando. ¡Es una pecadora!» (Lc 7,39). En otro momento, Jesús afirmará: «No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mt 9,11). Los fariseos ven el mundo al revés que Jesús, que pone las cosas en su sitio: «El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado.» Esto acaba de comenzar.

Los gestos del Papa han sido interpretados mayoritariamente como una bocanada de aire fresco, siempre en la línea de Jesús de Nazaret. Pero los fariseos, los observan de otro modo: «Los fariseos planearon la manera de tender a Jesús una trampa con sus mismas palabras» (Mt 22,15). El fariseísmo está vigente. Escruta todos los gestos del Papa para desprestigiarlo, siempre que se separe, aunque sea lo más mínimo de lo que ellos entienden por justo. Como sus antepasados, los fariseos de hoy se dan cuenta de que «todo el mundo lo sigue» (Jn 12,19). En las diócesis, en las parroquias, también existen. Presionan siempre que pueden. En nombre de la ley defienden el evangelio cuando olvidan que la ley máxima del evangelio es el amor.